Las cosquillas son un fenómeno misterioso: esta especial forma de contacto es tan poderosa que nos puede llevar a ataques casi incontrolables de chillidos, asfixiantes carcajadas o súplicas indefensas de misericordia, pero todavía no entendemos cómo funciona. Hace varias décadas, la comunidad científica se sorprendió al descubrir que las ratas comparten nuestra susceptibilidad a las cosquillas, y un estudio publicado en Science revela más sobre lo que sucede en el cerebro de una rata mientras le hacen cosquillas.

Los investigadores de la Universidad de Humboldt en Berlín les hicieron cosquillas y jugaron con ratas bajo diferentes circunstancias, y fueron capaces de identificar un área del cerebro que podría ser clave para saber cómo responden estos animales. Pero aquí está la trampa: esta región del cerebro se activó durante las cosquillas y el juego en ratas felices, pero no respondió a las cosquillas o al juego en ratas ansiosas. Tal vez lo más sorprendente es que cuando los científicos estimularon esa área del cerebro, las ratas inmediatamente comenzaron a hacer las mismas “risitas” agudas (por encima del rango de audición humana) que hacen durante las cosquillas y el juego.

Muchas especies de mamíferos son sensibles a las molestias ligeras y cosquillosas que causa un insecto que se desliza sobre su piel, pero pocas responden a las cosquillas que provocan risas intensas y espasmos. Alguna vez los científicos pensaron que los efectos de la gargalesis —la sensibilidad a las cosquillas — estaban limitados a especies sociales, altamente inteligentes, como los seres humanos y otros primates. Sin embargo, en 1999, Jaak Panksepp y Jeffrey Burgdorf demostraron con éxito que al hacerle cosquillas a las ratas jóvenes las llevan a reproducir las mismas risitas supersónicas que hacen mientras juegan.  

Shimpei Ishiyama y Michael Brecht, coautores del estudio actual, decidieron basarse en la investigación de 1999 examinando de cerca cómo el cerebro de la rata responde a las actividades placenteras como las cosquillas y el juego. Enfocaron su atención en la corteza somatosensorial, una extensa región cerebral que responde a información táctil como el tacto, el dolor, la temperatura y la presión, y tiene diferentes áreas que corresponden a distintas partes del cuerpo.

Los investigadores, que trabajaron con ratas machos jóvenes (el grupo más cosquilloso), primero querían confirmar los hallazgos anteriores, así que empezaron por hacer cosquillas, el mejor trabajo de todos, según Ishiyama, que llevó a cabo los experimentos y quien se autodenomina “cosquilleador profesional de ratas”. Como en estudios anteriores, las ratas emitieron risitas agudas durante el cosquilleo en su vientre y su espalda. Los investigadores grabaron las risitas con un micrófono especial y las reprodujeron en un registro más bajo, audible para el ser humano. También observaron que las ratas comenzaron a buscar activamente una mano que les hiciera cosquillas. Los animales juguetearon en sus jaulas, dando “saltos de alegría”, que, según Brecht, es un “comportamiento que vemos en muchos mamíferos cuando están muy entusiasmados”. Sin embargo, cuando los investigadores hicieron que las ratas estuvieran ansiosas, colocándolas en plataformas altas y exponiéndolas a luces brillantes, los animales ya no reían mientras les hacían cosquillas.

Luego, los investigadores examinaron las células cerebrales en un área de la corteza somatosensorial que responde al tacto en la región del “tronco” de los animales (el vientre y las zonas traseras donde le hicieron cosquillas a las ratas). Así encontraron que durante el cosquilleo, las ratas felices mostraron la activación de las células del cerebro que representan esta región del tronco justo antes de experimentar arrebatos de risitas agudas. Las ratas ansiosas no tenían tanta activación en esta región, a pesar de que les hicieron cosquillas de la misma manera, lo que sugiere que el estado de ánimo afecta cómo responde al tacto esta región del cerebro.

Esta región del cerebro también se activó mientras las ratas jugaban con una mano amistosa persiguiéndola alrededor de la jaula. Este resultado fue particularmente sorprendente porque la corteza somatosensorial está involucrada en el procesamiento del tacto. Pero como explica Ishiyama, durante el juego, “nadie está tocando la rata, por lo que no hay una aporte táctil en la superficie corporal”. Para Brecht, este hallazgo sugiere un vínculo entre el cosquilleo y el juego en el cerebro. “Tal vez hay mecanismos conjuntos o similitudes entre las cosquillas y el juego”, dice. “Tal vez las cosquillas son un truco del cerebro para hacer que los animales interactúen entre sí”.

En un experimento final, los investigadores usaron una corriente eléctrica para activar artificialmente la región del tronco de la corteza somatosensorial, lo que llevó a lo que Ishiyama describe como un “momento eureka”: aunque a las ratas no les estaban haciendo cosquillas o jugando, de inmediato comenzaron a hacer los mismos sonidos de risa que naturalmente hacen durante estas actividades.

 Brecht explica que juntos, estos resultados crean una imagen más completa de la región del tronco como un área de la corteza somatosensorial que responde tanto al contacto físico de las cosquillas como a la experiencia sin manos del juego, que es sensible al estado de ánimo y puede ser el motivo por el cual las ratas se ríen durante estas actividades.

Otros investigadores de esta disciplina están entusiasmados con los hallazgos. Diana Roccaro y Elise Wattendorf, neurocientíficos de la Universidad de Friburgo que no participaron en la investigación, escribieron en un correo electrónico que el estudio es el primero en utilizar la estimulación cerebral para provocar carcajadas risueñas, lo que “constituye un resultado sobresaliente”. Añaden que es particularmente notable que el comportamiento de juego active la misma región del cerebro que el cosquilleo. Piotr Popik, neurocientífico de la Academia de Ciencias de Polonia, también elogió el trabajo, particularmente por identificar una región del cerebro que es un mecanismo que puede ser el causante de las risitas agudas observadas en ratas. Fausto Caruana, neurocientífico de la Universidad de Parma, califica el estudio como “extraordinario”, y señala que supone un avance respecto a los trabajos anteriores de Panksepp y Burgdorf. Caruana enfatiza que debido a que estudiar la risa en seres humanos es muy difícil, “es muy importante encontrar modelos animales para esto”.

El estudio también plantea nuevas preguntas. Panksepp, considerado un pionero en el campo, señala que todavía no se sabe si esta respuesta cerebral cognitiva involucra un componente emocional, lo que Panksepp llamó un “mensaje emocional”. La gran pregunta es, “¿el sonido evocado en la corteza se siente bien?”

Pero, ¿qué tiene que ver el cosquilleo en las ratas con nuestras propias reacciones frente a las cosquillas? “Las ratas y los seres humanos [divergieron] tal vez hace 100 millones de años”, dice Brecht, “pero el fenómeno del cosquilleo es notablemente similar”. La observación más reveladora fue una que Brecht e Ishiyama no incluyeron en el artículo: las ratas, como los humanos, no tienen cosquillas en sus manos, pero son extremadamente cosquillosos en la planta de sus pies. “Fue una de esas observaciones que realmente me hizo pensar que estamos observando lo mismo”, dicen.