Él era un hombre musulmán de barba larga, con deseos de matar y sin planes de sobrevivir su ataque. Se acercó rápidamente a su blanco: un edificio militar. Hubo gritos, gente corriendo y un intento de detenerlo, pero todo sucedió muy rápido. Unos minutos después, cuatro miembros del servicio yacían muertos junto con el atacante suicida. Una quinta víctima sucumbiría a sus heridas y moriría dos días después.

Pero, ¿qué tal si este tiroteo reciente no hubiese ocurrido en Chattanooga, Tennessee? ¿Qué tal si Mohamad Youssef Abdulazeez hubiese crecido en Palestina, Irak o Afganistán y hubiese cometido el ataque suicida allá? ¿Lo hubiesen considerado como un “mártir sagrado” por simpatizantes terroristas? ¿Lo habrían descrito en las noticias como un hombre motivado únicamente por su ideología  y considerado como “psicológicamente normal” por los académicos occidentales?

Aún hay mucha confusión sobre la psicología de los atacantes suicidas islámicos, sin importar si atacan en casa o en el extranjero. ¿Intentan sacrificar sus vidas por una causa ideológica, o en realidad lo que quieren es morir? La respuesta a esta pregunta podría ayudar a redefinir el concepto de ‘convertirse en mártir’, con repercusiones globales. Y podría ser clave para reducir el número de personas que comete estos ataques mortales.

Según la creencia popular, los terroristas suicidas no padecen enfermedades mentales ni están en estado suicida; son individuos psicológicamente estables que se sacrifican por razones altruistas. Tal como concluye un artículo de la revista Psychiatry en 2009, “destacando la importancia de la psicología social, [nuestro trabajo] enfatiza la ‘normalidad’ y la ausencia de psicopatologías individuales en los atacantes suicidas”. Desde esta perspectiva, aquellos que llevan a cabo “operaciones  mártires” al servicio de ideologías islámicas radicales son el producto de sus contextos. Se convierten en el equivalente psicológico de los oficiales de la base naval estadounidense que fueron asesinados en Chattanooga: ambas partes están dispuestas a arriesgar sus vidas –y morir, si es necesario– por una causa en la que creen apasionadamente. No es sorprendente que los líderes terroristas amen esta perspectiva, y que la utilicen para glorificar la siguiente oleada de atacantes suicidas.

Sin embargo, un número creciente de académicos ahora están cuestionando estas suposiciones. El equipo de investigación de Ariel Merari condujo pruebas psicológicas a atacantes suicidas arrestados antes de llevar acabo sus ataques y encontró evidencia de tendencias suicidas, tendencias depresivas e intentos de suicidio anteriores (no relacionados con el terrorismo). Davis Lester encontró que muchas atacantes suicidas femeninas parecían ser motivadas, por lo menos en parte, por un desorden de estrés post-traumático, desesperanza y desesperación. Y en varios artículos recientes resumí la evidencia de similitudes psicológicas entre terroristas suicidas y la gente que comete suicidios no violentos, suicidios por coerción, y suicidios tras realizar asesinatos en masa.

A primera vista, el asesino de Chattanooga pudo haber sido percibido como un joven violento, pero psicológicamente normal. Había estado investigando sobre el tema de los mártires  por lo menos durante dos años, lo que podría interpretarse como un compromiso ideológico. Y no era un rechazado social: aparentemente encajaba como un “redneck árabe” (Redneck es el término utilizado en Estados Unidos para nombrar el estereotipo de un hombre blanco que vive en el interior del país y tiene una baja renta). Un amigo suyo que pasó tiempo con él tan solo dos semanas antes del ataque explicó que “él siempre fue un tipo alegre. Si tenías un mal día, te lo alegraba”. De forma similar, un profesor que estuvo con él solo seis días antes de la matanza recordó que “yo solo vi al mismo tipo amigable de siempre”.

Pero esa no es la historia completa. Para aquellos que les importa entender a los atacantes suicidas de forma precisa, tenemos la fortuna de que este perpetrador creció en los Estados Unidos. Los investigadores tienen acceso a muchos de sus conocidos y amigos, y su familia no ha tratado de ocultar los problemas personales de su hijo, como es común en otras culturas.

Lejos de ser un simpatizante ciego de todas las causas radicales islamistas, de hecho Abdulazeez le dijo a un amigo que ISIS “era un grupo estúpido y que estaba completamente en contra del Islam”. Y lejos de estar psicológicamente sano, hay reportes que indican que sufría desorden bipolar, depresión, abuso de sustancias  y expresaba pensamientos suicidas en sus escritos.

Una vez que Abdulazeez tomó la decisión de terminar con su vida, sus opciones se vieron limitadas inmediatamente. En la religión islámica hay prohibiciones poderosas en contra del suicidio convencional, y dispararse en la cabeza –lo que muchos asesinos en masa hacen– sería considerado como un crimen imperdonable en contra de dios.

Desafortunadamente, el “convertirse en mártir” se ha convertido en una salida peligrosa: es la única forma en la que los atacantes suicidas islámicos creen que pueden garantizar su propia muerte, y aún así irse al cielo en vez de al infierno. En el Medio Oriente y en Asia, típicamente cometen suicidios detonando explosivos. En los Estados Unidos, tienden a usar armas de fuego en vez de explosivos, y planean en morirse vía “suicidio por policía”. En ambos casos, estos métodos de ataque ayudan a disfrazar sus motivos suicidas. Comúnmente se argumenta que no quieren morir, es solo que les importa más dañar al enemigo de lo que les importa su propia supervivencia.

Pero el disfraz se está desvaneciendo. Como he argumentado en otros lados, la clave para disuadir a los atacantes suicidas islámicos –tanto en los Estados Unidos como en el resto del mundo– es exponiendo sus motivaciones suicidas y cerrar ‘la salida del mártir’ de una vez por todas. Hasta que los atacantes suicidas sean vistos como las personas desesperadas, traumatizadas, y enfermas mentales que son –en vez de altruistas “psicológicamente normales”– EE.UU. continuará padeciendo de asesinos en masa islámicos que buscan gloria y recompensas del cielo a través de la muerte.

Dado que sabemos tanto de él, Abdulazeez es un caso importante para cambiar las percepciones alrededor del mundo. De hecho, en términos conductuales, parece ser similar a otros asesinos en masa suicidas. En un estudio reciente encontré que los perpetradores que cometen asesinatos públicos en masa en los Estados Unidos son 12,3 veces más propensos a morir que aquellos que cometen otros tipos de ataques. Aquellos que atacan solos también son más propensos a morir. También encontré que con cada arma violenta adicional con la que se arman los asesinos, su probabilidad de morir es 1,7 veces más alta. Con Abdulazeez podemos marcar con una equis cada elemento de la lista: él era (1) un asesino de masas (2) que atacó solo (3) después de armarse con tres armas. Su muerte estaba casi asegurada.

Una vez que reconozcamos los motivos suicidas de Abdulazeez, la ironía es que quienes lo mataron le dieron exactamente lo que él quería. En contraste, en un giro inesperado del destino, el asesino de Fort Hood, Nidal Hasan, recibió una bala en la columna vertebral, quedando paralizado y sobreviviendo a su ataque. Devastado, Hasan ha pasado los últimos años tratando de sabotear su defensa legal para que lo ejecuten.

Junto con grandes esfuerzos para cambiar las percepciones globales de los atacantes suicidas, vale la pena considerar si hay algún método menos letal que pudiésemos emplear para mantener a estos individuos con vida en más ocasiones. Para aquellos que quieren desesperadamente ser asesinados en el momento del ataque, esto podría hacerlos reconsiderar sus planes.

 

 

SOBRE EL AUTOR

Adam Lankford  es un profesor asociado de justicia criminal de la Universidad de Alabama y el autor de The Myth of Martyrdom: What Really Drives Suicide Bombers, Rampage Shooters, and Other Self-Destructive Killers, que ha sido reconocido como un libro por el que “que hay que estar pendiente” por el New Yorker y nombrado en la lista anual de “Qué Leer” de Foreign Policy.

 

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