La actividad humana es una amenaza para el resto de las especies. Entre todas, la agricultura es una de las acciones del hombre que más efecto negativo puede tener sobre los ecosistemas. Mientras limpiamos amplios terrenos para poder cultivar nuestra comida, destruimos el hábitat de muchísimos seres vivos.

Aunque no podemos renunciar a alimentarnos, sí existen maneras de obtener nuestros alimentos de una forma más amigable. Científicos de la Universidad de Stanford y de la Universidad de California, en Berkeley, realizaron una investigación que demuestra que los monocultivos tienen una afectación grande sobre las especies de aves de sus alrededores, mientras que en las zonas agrícolas donde existe más diversidad de plantas se logra mantener una población similar en su variedad a la que se puede observar en un bosque.

El estudio está fundamentado en la observación de aves durante 12 años en cuatro lugares distintos de Costa Rica, incluyendo el húmedo Sarapiquí y el más árido Guanacaste. Un artículo sobre este trabajo recientemente fue publicado en la revista Science.  

Una investigación de este tipo era urgente porque “la humanidad está llevando a la extinción a la mitad de las especies conocidas, sobre todo por actividades agrícolas para sustentar nuestra dieta rica en carne. Así que, ¿cómo estamos reestructurando el árbol de la vida?, ¿cuáles son las implicaciones para las personas?, ¿qué podemos hacer para armonizar la agricultura con la naturaleza?”, justificó Gretchen Daily, profesor de Stanford y autor del estudio.

¿Qué hicieron?
Según explicaron en el artículo, los científicos desarrollaron un modelo de datos sobre los avistamientos de 120.000 aves de 500 especies registrados durante una docena de años en Costa Rica.

El objetivo era mostrar los impactos de la actividad humana en la diversidad filogenética, es decir, cuán cercanas o lejanas evolutivamente hablando eran unas especies de otras.

El jacamará colirrufo (Galbula ruficauda) habita una gran variedad de bosques secos o húmedos, no es común verlo cerca de zonas agrícolas. Daniel Karp/Science

 

Cuando en un sitio se encuentran dos especies evolutivamente muy distintas, como los tinamúes y los mirlos (que se separaron hace unos 100 millones de años) entonces el sitio tiene una diversidad filogenética mucho mayor que un lugar donde solo existen mirlos o solo tinamúes o bien especies cercanas a cada uno de ellos.

Preservar la diversidad filogenética es crítica para la salud de los bosques, pero también para las granjas. Especies distintas se especializan, algunas en mantener diferentes pestes de insectos bajo control, otras en polinizar las flores y otras en dispersar semillas.

Los resultados
Con la información a mano, pudieron notar cómo la intensificación de la agricultura está afectando de manera más notable a especies evolutivamente distintas mientras tiende a favorecer a un grupo de especies de pocos linajes evolutivos, como los mirlos (género Turdus) y los espigueros (también conocidos como espigueros, género Sporophila).

Los datos también mostraron que, mientras los monocultivos sustentan en promedio 900 millones de años de historia evolutiva menos que los bosques, las zonas agrícolas diversificadas sustentan en promedio 300 millones de años de historia evolutiva menos; es decir, que se acercan muchísimo más a lo que puede sustentar un ecosistema no tocado por el hombre.

El trogón collarejo (Trogon collaris) es difícil de encontrar en zonas de cultivo, pero sí se le ve en los bosques tropicales. Daniel Karp/Science

 

“La pérdida de hábitats debido a la agricultura es el factor principal de la pérdida mundial de diversidad, pero no sabíamos hasta ahora cómo afectaba la agricultura en el contexto evolutivo. Encontramos que los bosques funcionan mejor que los campos agrícolas en cuanto a sustentar un amplio número de especies, que están más distantemente relacionadas”, explicó a Scientific American el coautor del estudio Luke Frishkoff.

Las diferencias en lo observado en un monocultivo con una zona agrícola mixta o con un bosque también dejó ver que algunas especies parecen tener a su favor su historia evolutiva ante la situación actual.

“Mientras los gorriones están adaptados a buscar refugio en las zonas agrícolas y a comer una gran variedad de semillas en estas áreas, los tinamúes y otras especies evolucionariamente distintas son muy dependientes del bosque y tienen necesidades específicas en su dieta que solo se pueden satisfacer en esos ambientes”, explicó Frishkoff.

Agricultura amigable.
Para Frishkoff, las conclusiones del estudio permiten afirmar que las políticas públicas que incrementen el número de árboles en las áreas agrícolas parecen ser una manera para asegurar que los seres humanos tendremos suficiente comida en el futuro pero también que se podrá sustentar a los animales del  bosque al mismo tiempo.

Sembradío de piña en Sarapiquí, Costa Rica, una de las zonas en que se realizó el estudio.Vìctor Quirós A. / Wikicommons

 

“Los datos muestran que incluso pequeños aumentos en la cobertura forestal disponible en una zona pueden crear diferencias relativamente grandes en el número total de especies de aves que pueden sobrevivir en el área”, explicó el científico.

Ahora, añadió, hay dos temas a los que quieren dar seguimiento. El primero es saber si los pájaros tienen algo especial que los haga relacionarse como lo hacen con los monocultivos y las zonas agrícolas más diversas, o si los anfibios, los reptiles o los mamíferos responden también de la misma manera.

“En segundo lugar, ¿qué es lo que tiene determinadas especies de aves que les permitan tener éxito en hábitats agrícolas?”, se cuestionó Frishkoff.

Por ahora, lo que han observado es que las sabanas naturales comparten algunas características de la agricultura diversificada y han encontrado evidencia que indica que aves que evolucionaron en ese tipo de hábitat, como los gorriones (familia Passeridae), tienen un buen desarrollo en esos sitios.