Movimientos rápidos, espasmos musculares, sonidos involuntarios. Los primeros síntomas del síndrome de Tourette aparecen durante la infancia. Pero a estas manifestaciones perceptibles desde el exterior se suman otras que quizá pasan más desapercibidas: las ventajas lingüísticas que puede comportar el trastorno a la persona afectada, según ha comprobado un equipo dirigido por Cristina Dye, de la Universidad de Newcastle.

"Las investigaciones relacionadas con los niños que presentan trastornos como el síndrome de Tourette suelen explorar las dificultades o debilidades de los afectados. Nosotros hemos querido examinar las áreas potenciales de sus puntos fuertes con el fin de ahondar en la comprensión de este trastorno", explica Dye.

Los científicos se centraron en la capacidad de pronunciar palabras y producir sonidos de 13 niños con síndrome de Tourette y 14 sin el trastorno, todos ellos con edades comprendidas entre los 8 y los 16 años. Les solicitaron que repitiesen en voz alta palabras inventadas (por ejemplo, "naichovabe"). Para realizar ese acción, el cerebro debe componer, según las reglas fonológicas de la lengua materna del sujeto, sílabas inusuales y dirigir los órganos de articulación de la manera correspondiente. Si bien ambos grupos repitieron los vocablos inventados de forma adecuada, los niños con síndrome de Tourette se mostraron más rápidos a la hora de reproducir la cadena de sonidos.

Estos hallazgos arrojan más luz sobre la, al parecer, mayor capacidad lingüística de los niños con síndrome de Tourette. En un estudio publicado en 2007, un equipo encabezado por Michael T. Ulman, también de la Universidad de Georgetown, constató que niños con dicho trastorno obtenían mejores resultados en actividades relacionadas con la morfología lingüística, es decir, con la facultad de elaborar palabras. Por ejemplo, fueron más veloces a la hora de conjugar verbos.

Estas ventajas lingüísticas podrían ayudar en la práctica clínica, apuntan los autores. "Sabemos que en la mayoría de trastornos del desarrollo neurológico, los niños presentan dificultades para unir sonidos. Este tipo de actividades podrían contribuir al diagnóstico del síndrome de Tourette", sugiere Dye. Según concluye, las irregularidades cerebrales que subyacen en el síndrome de Tourette, y que se relacionan con los tics, también podrían influir en que los afectados ejecuten otros procesos de manera más rápida. "Sin embargo, se necesita más investigación para determinar si esta fortaleza aparente podría traducirse en ventajas reales en la vida cotidiana", advierte.

Este artículo se reproduce con permiso y se publicó primero en Spektrum. Su versión en español apareció primero en Investigación y Ciencia.