¿A quién no le gusta buscar su árbol familiar y recorrer sus ramas? Si lo hiciésemos con el de la familia humana veríamos que en la actualidad llega una única rama, el resto se frenan antes.  Esos únicos supervivientes somos nosotros, los Homo sapiens. Pero no siempre estuvimos tan solos; y si prestamos atención al árbol familiar, podríamos ver que una de las ramas más cercanas en el tiempo, incluso se entrecruza con la nuestra.

Según un nuevo análisis, dicha rama se habría entremezclado con nosotros mucho más de lo pensado. Hablamos de ese pariente que tan mala fama tiene, el hombre Neandertal. Fue el primero en ser agregado a nuestro árbol familiar, allá por 1856, cuando se descubrieron los primeros fósiles en la cueva de Feldhofer, en el valle del río Neander, Alemania.

El hallazgo se dio en una época en la que la evolución, como idea científica, estaba por estallar con el libro El origen de las especies de Charles Darwin, publicado en 1859. Primero le restaron importancia al primer fósil de neandertal descubierto, incluso lo acusaron de ser un cosaco enfermo. En aquella época resultaba inconcebible llamar humana a una especie tan diferente a la nuestra. Eso ponía en entredicho que fuésemos los niños mimados del planeta, que fuésemos especiales.

Bienvenido a la familia

No obstante, más de 150 años de descubrimientos fósiles y genéticos terminaron colocando a los neandertales en un sitio especial dentro del árbol familiar humano. El pasado 8 de mayo, en las reuniones de Biología de los Genomas en Cold Spring Harbor, Nueva York, se dieron a conocer nuevas evidencias a favor de que el cruce entre nuestra especie y los neandertales no fue un evento que haya ocurrido en un único lugar y en un momento dado, sino algo que ocurrió desde Medio Oriente a Europa y a lo largo de miles de años.

Este estudio permite ahondar en la relación entre las especies Homo sapiens y Homo neanderthalensis, que coexistieron durante decenas de miles de años en el planeta, pero que recién tras el estudio del ADN de los fósiles se empezó a comprobar que efectivamente se habían cruzado, y tuvieron descendencia, durante todo ese tiempo que compartieron.

Qiaomei Fu, paleogenetista de la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard, fue quien lo dio a conocer en las reuniones mencionadas. Ella y sus colegas secuenciaron este ADN de una mandíbula de Homo sapiens, con 40.000 años de antigüedad, descubierta en 2002 en una cueva de Rumania llamada Peștera cu Oase (Cueva con huesos en rumano). 

Se trata de uno de los restos fósiles de H. sapiens más antiguos de Europa y que ahora, gracias al análisis genético, se descubre no solo que era varón, sino que tenía parientes neandertales.

Mi abuelo el neandertal

Qiaomei Fu y colegas calculan que entre el 5 y el 11 por ciento del genoma analizado tenía un origen neandertal. Calcularon que el hombre de Peștera cu Oase habría tenido un antepasado neandertal en las 4 a 6 generaciones previas.

Ya cuando el paleoantropólogo Erik Trinkaus, de la Universidad de Washington, dio a conocer el fósil allá por 2002, se dijo que tenía características anatómicas que parecían híbridas entre H. sapiens y neandertales. Pero en aquellos tiempos la posible vinculación amorosa entre ambas especies no era bien vista por la mayoría de los expertos.

“Esto es una confirmación tranquilizadora (ya que evita desacuerdos innecesarios) de nuestra premisa general de que los neandertales y los humanos modernos se consideraban unos a otros personas y no tenían problemas en mezclar poblaciones”, opina Erik Trinkaus, en conversación con Scientific American.

“Son datos muy novedosos porque hasta ahora no había evidencias de una hibridación en Europa, hace 40.000 a 45.000 años, subsiguiente de la del Oriente Próximo, hace unos 60.000 años”, comentó a Scientific American Carles Lalueza Fox, experto en paleogenética del Instituto de Biología Evolutiva de España, un centro mixto del CSIC y la Universidad Pompeu Fabra.

“Esto no se entendía bien porque si en un sitio se sabía seguro que se habían encontrado ambas especies era en Europa, y el hecho de que hubiera habido un acontecimiento anterior, indicaba que no había barreras reproductivas entre ambos grupos”, continúa Lalueza Fox. “El estudio se basa en un par de millones de posiciones variables en el genoma, no en datos de secuencias completas; de ahí la dificultad en estimar con más precisión (5-11%) la ancestralidad neandertal”.

“Sin embargo”, aclara Lalueza Fox, “sigue sin detectarse en los europeos actuales una señal mayor de ancestralidad neandertal, y eso indica, creo, que Oase solo es un antepasado muy parcial de los europeos actuales, y que acontecimientos evolutivos posteriores diluyeron esta señal neandertal más reciente que la detectada del Oriente Próximo”.

“Tengo que decir que, desde un punto de vista personal, siempre fui muy escéptico sobre los posibles híbridos que se iban proponiendo desde el registro fósil; sin embargo, hace diez años, cuando vi el cráneo completo de Oase, me dije, esto es algo distinto; no sé que es, pero desde luego, si alguna vez he visto alguna propuesta de hibrido creíble, es esta”, concluye Lalueza Fox.