El 11 de marzo de 2011, un tsunami gigante originado en el Océano Pacífico barrió la pared de 10 metros alrededor de los seis reactores de la central nuclear de Fukushima, en la costa este de Japón. El choque con las aguas provocó que los núcleos de los reactores se sobrecalentaran y fundieran, y las subsiguientes explosiones de hidrógeno dañaron tres edificios donde se encontraban los reactores. La radiación se propagó en todas direcciones. El país paró sus más de 40 reactores, y comenzaron las investigaciones sobre la exposición a la radiación de decenas de miles de residentes de la zona, así como de la fauna en tierra y mar. Sin embargo, las interrogantes más grandes persisten hoy en día, en parte porque los reactores dañados son demasiado peligrosos como para entrar, y en parte porque la compañía que opera la planta, la Compañía de Energía Eléctrica de Tokio (TEPCO), es reacia a compartir información.

En medio de este torbellino, en febrero Japón puso en marcha un tercer reactor de los que habían sido cerrados. Pero aunque el gobierno busca dejar atrás el desastre, Fukushima sigue siendo una herida que no se cura –ni para los antiguos residentes, ni para el paisaje local, ni para la psique japonesa–. Dos tercios de la población teme otro accidente lo suficiente como para oponerse a los reinicios. Más de 1.100 kilómetros cuadrados de pueblos, montañas y bosques siguen siendo inhabitables, y generaciones futuras seguirán limpiando el lugar de la planta, según el Ministerio de Economía, Comercio e Industria de Japón (METI). Haciendo eco a grupos  ciudadanos, algunos científicos se quejan de que no se están abordando preguntas importantes sobre el impacto del desastre. Sospechan que las autoridades están desalentando sutilmente ciertos tipos de investigación científica, posiblemente por temor a conclusiones que puedan alarmar más al público. De alguna manera quieren que esto se acabe y decir que las cosas vuelven a la normalidad, señala el radioquímico marino Ken Buesseler del Instituto Oceanográfico Woods Hole, en Massachusetts.

Exacerbando las sospechas generalizadas de un encubrimiento, en febrero Tepco admitió que había esperado dos meses después del accidente antes de anunciar las fusiones de los reactores, lo que posiblemente retardó evacuaciones y puso vidas en peligro. El combustible de uranio en tres de los seis reactores se fundió, y las explosiones crearon agujeros en los techos de tres edificios de los reactores, liberando yodo radiactivo, cesio y otros productos de fisión por tierra y mar. Los gestores de emergencias del lugar, tratando desesperadamente de enfriar los núcleos fundidos, vertieron agua en los edificios de los reactores dañados utilizando mangueras de incendio. Como resultado, agua altamente contaminada fluyó directamente al Océano Pacífico.

Desde entonces, Tepco ha limpiado sustancialmente el lugar. Ha tapado techos destrozados, retirado combustible gastado de un reactor dañado y construido paredes de hielo para contener el flujo de agua subterránea que estaba llevándose los contaminantes desde el sitio al océano. Como el combustible fundido todavía genera calor por la desintegración radiactiva,  Tepco tiene que seguir bombeando agua a través de los edificios de los reactores y recoger tanta como sea posible,–unos 400 metros cúbicos por día– que almacena en tanques in situ. Alrededor de 8.000 trabajadores están ayudando en la limpieza.

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No todo va bien, sin embargo. Los ingenieros aún tienen que localizar el combustible fundido, que parece haberse fundido a través de los recipientes de acero. Sigue siendo tan radiactivo que ningún humano puede entrar en los edificios de los reactores. Tepco "no tiene ni idea de dónde ni de qué cantidad de restos de combustible hay ahora en el reactor", dice el ingeniero nuclear Tadahiro Katsuta, de la Universidad de Meiji. En abril de 2015, Tepco envió un robot a uno de los edificios para fotografiar los daños, con resultados mixtos; también tiene intención de utilizar robots para buscar y remover los pegotes de uranio fundido, acero y otras sustancias para el 2021. Según METI, limpiar totalmente el lugar requerirá medio siglo, cuando la mayoría de los radioisótopos peligrosos se hayan desintegrado. Sin embargo, no está claro dónde acabaran los restos letales, ya que Japón no tiene un depósito permanente de residuos nucleares.

Los 1.000 o más tanques de agua contaminada, que de vez en cuando tienen fugas, plantean otro dolor de cabeza. Tepco está eliminando el contaminante más abundante, cesio, del agua de refrigeración antes de que se envíe a los tanques de almacenamiento, pero el agua conserva altas concentraciones de estroncio y tritio radiactivos. El pasado mes de febrero, la compañía reportó un aumento en los niveles de estroncio en la planta –lo que probablemente indica una fuga en un tanque–. Así que la compañía está limpiando cuidadosamente el agua almacenada de todos los radioisótopos excepto el tritio, que es difícil de separar. Sin embargo, dado que las concentraciones de tritio [en los tanques] son varias veces mayores que el nivel establecido por la Organización Mundial de la Salud para el agua potable, las cooperativas pesqueras no permiten su liberación al océano. (Tepco no respondió a las preguntas del Scientific American sobre el contenido de los tanques, o cualquier otra cosa).

Los residuos sólidos también se acumulan. La limpieza de calles, casas y patios de recreo dentro de la zona evacuada, que se extiende unos 50 kilómetros al noroeste del complejo industrial, ha generado millones de sacos de tierra vegetal y residuos contaminados, que también esperan un lugar de descanso final. Sin embargo, casi 800 bolsas fueron arrastradas por el tifón Etau el año pasado, y se depositaron a millas de distancia, dice Hajime Matsukubo del Centro de Información Nuclear para los Ciudadanos en Tokio. Cientos de bolsas nunca fueron encontradas.

Mientras tanto, tras cinco años, unas 100.000 personas siguen esperando volver a sus hogares. El año pasado el gobierno japonés anunció que con el tiempo levantaría las órdenes de evacuación para las regiones en las que una persona recibiría una dosis de radiación anual de 20 milisieverts o menos. Esa cifra, varias veces superior a lo que la Comisión Internacional de Protección Radiológica recomienda como segura, plantea un riesgo "inaceptable", dice Matsukubo. (Según un informe de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, una dosis de 20 milisieverts aumenta las posibilidades de mortalidad por cáncer en aproximadamente uno de cada 1.000, y los residentes estarían recibiendo dosis comparables año tras año). No importa: un año después de que esa zona se abra, Tepco dejará de aportar la compensación a sus 32.000 residentes. Sin embargo, el exilio puede ser permanente para decenas de miles de personas de las zonas más contaminadas.

Los niveles de cesio (CS) y estroncio (SR) en agua de mar cerca del reactor de Fukushima disminuyeron tras el pico durante el accidente en 2011, pero dos años más tarde seguían siendo considerables.
Gráfico creado por Michio Aoyama del Instituto de Radioactividad Ambiental de la Universidad de Fukushima, y reproducido con permiso.

Accidentes, enfermedades y traumas causados ​​por la evacuación han dado lugar a 3.200 muertes, entre ellas muchos suicidios, según el Informe de Estado de la Industria Nuclear Mundial de 2015. El número de casos de cáncer se discute acaloradamente. Un estudio de 2013 publicado en Energy and Environmental Science estimó alrededor de 1.000 futuras muertes por cáncer causado por el cesio radiactivo, muy pocas para distinguirse de las causadas ​​por otros factores. El año pasado, sin embargo, un programa de tamizaje por ultrasonido en alrededor de 300.000 niños que habían estado viviendo en la zona afectada reveló sorprendentemente 110 cánceres de tiroides, un aumento de 30 veces  sobre la norma, supuestamente causado por el yodo radiactivo.

Sin embargo, el epidemiólogo de radiación Yoshisada Shibata, de la Universidad de Nagasaki, descarta como un "sin sentido" la afirmación de que el desastre sea responsable de esos casos. A diferencia de Chernobyl, explica, ninguno de los niños de Fukushima que eran bebés en el momento del desastre tiene tumores. Además, muchos de los crecimientos son sorprendentemente grandes. "Son demasiado rápidos", dice. "Si estos tipos de cáncer comenzaron después del accidente, no es posible que crezcan tanto". Junto con otros, sostiene que el método de detección empleado, que es altamente sensible, ha detectado crecimientos que nunca hubieran llegado a ser lo bastante problemáticos como para ser diagnosticados por un médico, de modo que sus resultados no pueden ser contrastados con los de otros estudios, dice.

Otros estudios indican que el desastre ha afectado negativamente a muchas otras criaturas –en particular a las que viven en los bosques, los cuales no han sido limpiados–. En un recuento de 57 especies de aves en 400 lugares de radiactividad variable, los ecologistas Anders Møller, del Centro Nacional de Investigación Científica en Orsay, Francia, y Timothy Mousseau, de la Universidad de Carolina del Sur, documentaron una fuerte reducción en la abundancia y la diversidad en las áreas de mayor contaminación. Los estudios en curso del equipo en Chernobyl, que tiene un biotopo similar, pueden indicar porqué: muchas aves tienen "cataratas en los ojos, tamaño cerebral más pequeño, tumores, reducción de la fertilidad, especialmente en los machos", dice Mousseau –todos estos factores disminuyen su capacidad para sobrevivir–.

En otro estudio, llevado a cabo en las zonas menos contaminadas, un equipo japonés encontró daños fisiológicos y genéticos en una especie ubicua de mariposa, la Pseudozizeeria maha. Otros investigadores han documentado defectos en el crecimiento de casi todos los abetos en las zonas altamente contaminadas, anormalidades en áfidos cercanos a la planta de energía y la activación de un mecanismo de reparación del ADN en las plantas de arroz en respuesta a la radiación. Sin embargo, a pesar de estos hallazgos dispersos, no existe una evaluación completa de cómo le está yendo al ecosistema terrestre bajo el ataque radiactivo.

Sorprendentemente, la investigación sobre el impacto de Fukushima en el ecosistema marino es aún más escasa, a pesar de que el desastre representó el mayor pulso de radiactividad jamás inyectado en un océano. En 2011, Nicholas Fisher, de la Universidad de Stonybrook, encontró contaminación por cesio de manera generalizada en zooplancton y peces pequeños hasta a 600 kilómetros de la costa de Japón, y en 2011 otro estudio documentó la ausencia de caracoles de caparazón de roca en un tramo de 30 kilómetros de costa alrededor de Fukushima. Sin embargo, poco más se sabe sobre el impacto del accidente en los organismos marinos.

La dañada central nuclear de Fukushima Daiichi,  durante una toma de muestras de agua de mar en un viaje en barco el 7 de noviembre de 2013. Expertos en monitoreo marino fueron enviados a Japón para observar la toma de muestras de agua de mar y el análisis de datos. OIEA ImageBank / FLICKR, CC BY-SA 2.0
IAEA Imagebank/Flickr, CC BY-SA 2.0

Aunque ahora la concentración de cesio ha caído por debajo de los límites reglamentarios debido a la dilución en el Pacífico, su nivel en el océano a muchos kilómetros de Fukushima sigue siendo muy superior a los niveles anteriores al accidente. Una de las razones es que la lluvia y los ríos siguen arrastrando el radioisótopo desde tierra hasta el mar. Además, aproximadamente una centésima parte del cesio radiactivo liberado en la explosión de 2011 parece haber sido absorbido por las arcillas del fondo marino. "Va a quedarse cerca de Japón," dice Buesseler. Como consecuencia, los niveles de cesio también se mantienen elevados en pescados como las molvas, que se alimentan de los sedimentos cerca de la central de Fukushima.

Otra preocupación es el estroncio radiactivo. Los científicos dicen que los niveles en el agua de mar cerca de la planta no están disminuyendo, posiblemente debido a las recurrentes fugas de los tanques in situ. "De hecho, uno podría ver  en el océano cuando uno de estos tanques tiene una fuga, se obtiene un gran pico de estroncio-90", señala Buesseler. Mientras que el cesio se comporta similar  al potasio dentro de los organismos, siendo absorbido y excretado con bastante rapidez, el estroncio es químicamente similar al calcio y se acumula en los huesos. Aunque los consumidores de pescado de Fukushima pueden estar seguros, ya que tienden a no comer espinas de pescado, el radioisótopo podría convertirse en una preocupación a largo plazo para algunos de los propios peces. Mathew P. Johansen, de la Organización Australiana de Ciencia y Tecnología Nuclear, y otros calculan que por lo menos, durante los tres primeros años, ciertas especies como las molvas que viven muy cerca de la planta recibieron dosis tan altas de cesio y estroncio que una reducción de la fertilidad y cambios genéticos fueron posibles. Johansen hace un llamado a realizar investigaciones sobre la red ecológica construida sobre los sedimentos ahora contaminados fuera de Fukushima.

De hecho, abundan las preguntas sin respuesta. "Uno quiere saber por qué algunos peces tienen mayor contaminación que otros, la rapidez con que se recuperan, lo que traen los ríos, la cantidad que hay en el fondo del mar, la rapidez con la que está siendo enterrado; ese es el tipo de preguntas en oceanografía y radioecología que no están siendo debidamente encaradas", dice Buesseler. Una de las razones es la escasez de fondos para este tipo de investigación, argumenta Mousseau. El gobierno japonés parece estar recortando fondos para el seguimiento de los radioisótopos en el agua junto a Fukushima, dice Buesseler. Shibata encuentra tales preocupaciones "parciales", señalando que varios ministerios ofrecen fondos para la investigación del medio ambiente. Sin embargo, otro científico japonés, que pidió no ser nombrado, afirmó que mientras las subvenciones están fácilmente disponibles para los investigadores cuyos proyectos tienen pocas probabilidades de descubrir repercusiones significativas del desastre, las mismas subvenciones son más escasas para otros.

Otro asunto turbio permanece. Varios investigadores japoneses que ayudaron el equipo de Mousseau pidieron no ser citados en los trabajos publicados, por temor a impactos adversos en sus carreras. Buesseler informa de una experiencia similar. "Hay una especie de autocensura", dice Mousseau.

Con más de 400 centrales nucleares que operan en todo el mundo, muchas de ellas en costas y en países con normas de seguridad mucho más débiles que las de Japón, no es inconcebible otra calamidad como esta. Saber más sobre su impacto puede ayudar a salvar vidas y medios de vida. Por desgracia, Buesseler señala, "estamos dejando escapar oportunidades de aprender de este accidente".