Un grito penetrante hiende el aire. Rauda, la madre ciervo corre hacia el lugar donde se origina el sonido para reencontrarse con su cría. Pero en realidad el lamento procede de una red de altavoces, y el reclamo no es de un tierno cervatillo, sino de una cría de oso marino.

Los ciervos y las focas no comparten en absoluto el mismo hábitat, por lo que la madre ciervo no pudo reconocer los gritos de la cría de foca, pensaron los biólogos Susan Lingle, de la Universidad de Winnipeg, y Tobias Riede, de la Universidad del Medio Oeste, autores del experimento acústico. Pero, entonces, ¿por qué la madre ciervo reaccionó con tanta inquietud?

A lo largo de dos veranos, los autores han hecho escuchar a rebaños de ciervos mulo y ciervos de Virginia de una granja canadiense grabaciones modificadas de los reclamos de una variada gama de crías de mamífero: antílopes eland, marmotas, murciélagos, osos y leones marinos, gatos domésticos, perros y seres humanos. Por medio de la observación de las madres ciervo, Lingle y Riede descubrieron que siempre se acercaban a los altavoces si la frecuencia fundamental de los reclamos se asemejaba a la de sus crías. Tal reacción sugiere la presencia de puntos en común entre las vocalizaciones de los mamíferos más jóvenes. (Las madres ciervo no reaccionaron así ante ruido blanco, reclamos de pájaros y aullidos de coyote). Las conclusiones del estudio aparecieron el pasado octubre en American Naturalist.

Ya se había propuesto antes que los sonidos emitidos por animales distintos en el curso de experiencias similares (a causa del dolor, por ejemplo) compartían rasgos acústicos. «Los lamentos de las crías de animales nos conmueven a menudo», explica Lingle. Esa empatía podría tener su origen en la similar expresión vocal de las emociones en los mamíferos.

A David Reby, psicólogo de la Universidad de Sussex y estudioso de la evolución de la comunicación, no le sorprenden los resultados. Desde la perspectiva de la joven cría, atraer la atención de cualquier posible cuidador resulta positivo porque mejora sus posibilidades de supervivencia. Y para los progenitores seguramente es mejor responder a cualquier llamada que recuerde vagamente el grito de angustia de su bebé, porque si el detonante es un depredador no hay tiempo que perder en decidir si la cría en peligro es suya o no. El coste por ignorar la llamada es demasiado alto.

Tales resultados podrían dar respuesta al fenómeno de adopción de huérfanos o extraviados por madres de otra especie en condiciones naturales. Si la hembra ha perdido a su pequeño hace poco y sus hormonas todavía favorecen su instinto maternal, afirma Lingle, se verá impulsada a cuidar del retoño si oye su reclamo, sea cual sea su aspecto

Este artículo se reproduce con permiso y fue publicado primero en Investigación y Ciencia.