Brad Spellberg se enfrenta a una decisión difícil varias veces a la semana. Un paciente llega a su sala de urgencias al sur de California sufriendo de síntomas familiares: presión al orinar, dolor en un costado, fiebre y náuseas. Basado en estas pistas, Spellberg puede diagnosticar rápidamente la molestia como una infección renal, pero le cuesta decidir qué hacer después. Sabe que el paciente está sufriendo y, por supuesto, lo quiere ayudar, pero en sus manos está mucho más que la salud del paciente.

Al igual que cualquier médico en una sala de urgencias, Spellberg tiene dos opciones dispares. La primera consiste en tratar al paciente con un potente antibiótico llamado carbapenema, que es administrado por vía intravenosa. Esto pondría fin a la variedad de bacterias que podrían estar causando la infección, pero es un arma de doble filo. Si decide usar este precioso recurso ahora, es posible que no pueda usarlo para otro paciente en el futuro. El fármaco mataría las bacterias que son susceptibles pero también alimentaría la resistencia al permitir que los pocos microbios que logren sobrevivir al carbapenema prosperen y se multipliquen. La segunda opción de Spellberg es la de enviar al paciente a casa con un fármaco de un nivel inferior, una quinolona. Estas decisiones tienen riesgos altos. Si una bacteria relativamente débil es responsable de la infección del paciente, una quinolona la neutralizará y el paciente se recuperará. Pero si la infección es causada por un patógeno resistente a este medicamento, el paciente no se recuperará sin carbapenema y la infección empeorará.

La falta de tiempo es la causa del dilema sin salida al que Spellberg se enfrenta. Él tardará varios días en saber qué patógeno está causando la infección del paciente porque no hay pruebas de diagnóstico rápidas y económicas. Es por eso que los técnicos de laboratorio necesitan tres días para identificar al agresor del paciente. Spellberg no puede esperar tanto para tomar una decisión. Su dilema, por desgracia, no es infrecuente. A lo largo de todo el país, los médicos luchan con los mismos problemas a los que se enfrenta él como director médico del condado de Los Ángeles y del centro médico de la Universidad del Sur de California.

Estas situaciones representan un frente clave contra la creciente resistencia a los antibióticos. Y hay evidencias alarmantes de que estamos perdiendo terreno rápidamente. Por ejemplo, en agosto, la Organización Mundial de la Salud emitió nuevas directrices sobre las enfermedades de transmisión sexual. Dijo que, a menudo, los medicamentos estándar que se usan para tratar la gonorrea no son efectivos por que la resistencia está aumentando. Ahora, la OMS recomienda el empleo de dos fármacos contra la bacteria que causa la infección. Además, de acuerdo a previos análisis de la OMS, los patógenos resistentes a los antibióticos ya están presentes en todo el mundo, poniendo en peligro un siglo de avances médicos.

La resistencia a los antibióticos se ha vuelto una amenaza tan grave que este mes la Asamblea General de las Naciones Unidas tendrá una reunión para discutir el tema en la ciudad de Nueva York. La OMS lleva años sonando la voz de alarma sobre la resistencia a los antibióticos, pero la reunión de alto nivel de la ONU marca tan solo la cuarta vez en la historia del organismo internacional que su Asamblea General –un órgano de deliberación global que principalmente trata temas relacionados con la guerra y la economía– organizará una reunión para tratar un tema de salud. (Los otros tres fueron el VIH, las enfermedades no transmisibles y el ébola.) La reunión sirve para “reconocer claramente que se trata de una amenaza global para todo el mundo y se necesita una acción global para hacerla frente”, dice Ezequiel Emanuel, presidente de ética médica y política de salud en la Universidad de Pennsylvania.

La presión para mantener una reunión de tan alto nivel ha crecido en los últimos años, a medida que el uso de antibióticos innecesarios o incorrectos –tanto en los centros de atención de salud, como en la producción agrícola– ha exacerbado el problema. Por ejemplo, cuando los productores agrícolas tratan al ganado o al pescado sano con antibióticos para acelerar su crecimiento y mantenerlos sanos en condiciones mediocres, están alimentando la resistencia que puede hacer que los medicamentos no sean efectivos para uso humano.

 

UNA NUEVA URGENCIA

La reunión de la ONU el 21 de septiembre vendrá precedida de una serie de noticias particularmente negativas sobre las superbacterias. En noviembre pasado un análisis publicado en The Lancet Infectious Diseases señaló que los científicos habían detectado resistencia a un antibiótico de último recurso llamado colistina, tanto en animales que son criados para producir carne como en personas en China –probablemente debido al uso de colistina en el ganado para acelerar la producción–. El gen de resistencia se encuentra en un plásmido, un tramo del ADN que puede ser fácilmente transferido entre diferentes cepas de bacterias. Después llegaron más malas noticias: en los últimos meses hemos visto la propagación de este gen de resistencia a la colistina emergiendo rápidamente en varias partes del mundo.

La Escherichia coli resistente a la colistina ha aparecido en más de 30 países, incluyendo en un paciente en EE.UU. De hecho, una cepa de E. coli en EE.UU. ha demostrado ser resistente tanto al carbapenema como a la colistina (pero afortunadamente parece que es vulnerable a otros antibióticos). “El hecho de que estemos preocupados por la resistencia a la colistina indica lo desesperados que estamos”, dice Lance Price, un microbiólogo que ejerce como director del centro de acción de resistencia a los antibióticos en la Universidad George Washington. “Es una droga bastante mala. Es tóxica y a los médicos no les gusta usarla, pero ahora tienen que usarla porque es lo único que sirve para tratar algunas de estas infecciones resistentes a los medicamentos”.

 

AUMENTANDO NUESTRO ARSENAL

Keiji Fukuda, representante especial de la Dirección General para la Resistencia Antimicrobiana, dice que la reunión de la ONU está diseñada para elevar el discurso sobre la resistencia a los antibióticos y dar una señal de que se ha convertido en una prioridad alta. “Las discusiones anteriores se realizaron a nivel de ministros de salud y agricultura, pero esta reunión es a nivel de primeros ministros y presidentes”, explica Fukuda. Sin embargo, no se esperan grandes cosas en cuanto a las decisiones que se tomen en la reunión. No se espera ningún acuerdo vinculante. Lo que puede ser más realista, dice Fukuda, es una declaración política de compromiso para coordinar mejor este tema. “Puede parecer una cosa relativamente fácil, pero llegar a ese tipo de cooperación a nivel mundial es extremadamente difícil”, dice. Sería deseable que las discusiones también lleven a un reconocimiento y un compromiso de financiación para apoyar este tipo de planes, dice.

Sin embargo, la creciente resistencia a los antibióticos no se desacelerará para seguir el ritmo de la diplomacia internacional. Han pasado décadas desde que una nueva clase de antibióticos fuera introducida –una innovación necesaria porque más patógenos se hacen resistentes a los antimicrobianos existentes–. Los investigadores dicen que los nuevos antibióticos podrían no ser la única opción. Otras armas en fase de desarrollo, que probablemente sean usadas junto con antibióticos, incluyen la reintroducción de unos parásitos bacterianos diminutos llamados bacteriófagos para combatir algunos patógenos. Los equipos de investigación también están estudiando diseñar anticuerpos trucados para frenar algunas infecciones o desarrollar medicamentos que modulen la respuesta inmunológica de un ser humano a un patógeno, porque en algunos casos bloquear la inflamación ayudaría a aliviar muchos de los daños de las infecciones. Otro enfoque, dice Spellberg, podría consistir en emplear tecnologías de secuestro de hierro y de ese modo privar de nutrientes a los microbios y así impedirles crecer en el cuerpo. Y hay otra investigación que está siendo desarrollada por Price, entre otros, que se enfoca en el microbioma intestinal, con la esperanza de diseñar probióticos que cambiarían o que ayudarían a aplacar la colonización bacteriana que causa problemas. “No hay una bala de plata para combatir la resistencia a los antibióticos”, dice Spellberg. “Hay muchas cosas que necesitan ser exploradas y las soluciones que son más prometedores subirán a la superficie, como burbujas”.

De hecho, los riesgos relacionados con la resistencia a los medicamentos en nuestras vidas cotidianas –fuera de los entornos de atención a la salud y la producción ganadera–, no son reconocidos, pero representan una preocupación creciente. Un tema poco discutido es el de las infecciones adquiridas en la comunidad –situaciones en las que personas contraen una superbacteria través de la comida, bebida o al llevarse las manos a la boca tras tocar una superficie contaminada, dice Spellberg–. En estas situaciones, los pacientes pueden coger, sin saberlo, superbacterias que pueden residir en el intestino sin causar ningún problema durante semanas o años. Es solo cuando esas superbacterias van a otra parte en el cuerpo –al tracto urinario, por ejemplo– que pueden llegar a ser peligrosas e incluso mortales.

Por desgracia, esto está ocurriendo con una frecuencia alarmante. Un reciente reducido análisis encontró que alrededor de un tercio de los pacientes con infecciones y resistencia a los antibióticos más importantes (incluyendo penicilinas y cefalosporinas) no tenían los factores de riesgo de resistencia que se observan típicamente, tales como la exposición a un entorno de atención de salud, el uso previo de fármacos antimicrobianos o los viajes internacionales. Eso sugiere que contrajeron infecciones de superbacterias en sus comunidades, donde los microbios aparentemente circulaban, sin ser detectados.

Ya se están tomando medidas para combatir el aumento a la resistencia a los antibióticos, aunque con resultados mixtos. Una de ellas es reducir la duración del tratamiento farmacológico al mínimo necesario para poner fin a una infección. (Los tratamientos más prolongados ponen presión selectiva sobre las bacterias en el cuerpo, lo que puede ayudar a que crezca la resistencia.) La Sociedad Americana de Enfermedades Infecciosas, por ejemplo, cambió recientemente sus directrices para hospitales y los requerimientos en cuanto a la neumonía asociada a la ventilación médica –reduciendo el tiempo de tratamiento recomendado a siete días o menos con base en un nuevo estudio científico que indica que ese tiempo es suficiente para tratar al paciente–. Sin embargo, a Spellberg le preocupa que frecuentemente estas recomendaciones existan solo en el papel, y que no se pongan en práctica. Dice que los consumidores pueden ayudar a asegurar un mejor futuro para nuestros medicamentos adoptando medidas para protegerse: lavándose las manos, lavando las verduras, desinfectando superficies, preguntando a sus médicos si los antibióticos son realmente necesarios y poniéndose vacunas para prevenir infecciones.

Sin embargo, tal vez el problema más intratable siga siendo el de lograr inversiones para ampliar el arsenal contra estos microbios. “El problema principal es que la investigación es necesaria, pero no tenemos los modelos de negocio para facilitar o alentar esto”, dice Fukuda. A menudo, las farmacéuticas dicen que sin una estructura diferente de incentivos –como recompensas del gobierno para nuevos tipos de antibióticos – no tiene sentido financiero invertir en antibióticos cuando pueden enfocarse en proyectos que traerían mayores beneficios, como nuevos medicamentos para combatir el cáncer. En la sala de urgencias de Spellberg, sin embargo, los pacientes simplemente no pueden permitirse el lujo de esperar.