Tyrannosaurus rex es un icono, un dinosaurio conocido por casi todos en el planeta. Con sus 13 metros de largo, siete toneladas de peso y dientes que pueden atravesar los huesos de sus presas, sin duda es de los más impresionantes animales que jamás han existido.

T. rex puede ser el rey indiscutible de los dinosaurios, pero ¿cómo la evolución produjo una criatura tan maravillosa, el depredador más grande que jamás ha vivido sobre la tierra? Eso ha sido un misterio durante mucho tiempo, pero una nueva especie de tiranosaurio hallada en Uzbekistán –un primo más pequeño y más antiguo de T. rex– ofrece algunas pistas valiosas.

Conozca  a Timurlengia euotica, un tiranosaurio del tamaño de un caballo que vivió hace unos 90 millones de años cuando Uzbekistán era un laberinto sofocante de  bosques y ríos que bordeaban un vasto mar interior.

Pequeño e inteligente

Los huesos de Timurlengia re recolectaron a lo largo de una década de expediciones de campo al desolado desierto Kyzylkum de Uzbekistán, una de las zonas más secas del mundo, dirigidas por mis colegas Alexander Averianov y Hans-Dieter Sues. Ellos me invitaron a ayudar a estudiar los fósiles, y hemos descrito la nueva especie en un artículo  publicado en Proceedings de la Academia Nacional de Ciencias.

Timurlengia es particularmente importante porque es el primer tiranosaurio conocido de la parte media del período Cretáceo. Hasta ahora, este era un intervalo oscuro en la historia del tiranosaurio: una brecha de 20 a30 millones de años en el registro fósil que ocultaba el momento en que los tiranosaurios pasaron de ser cazadores bastante marginales que vivían en la maleza a convertirse en los tiranos colosales que alimentan nuestras pesadillas.

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Este es un esqueleto reconstruido de Timurlengia euotica, con los huesos fosilizados hallados resaltados en rojo, y los huesos que quedan por descubrir inferidos de otras especies relacionadas a los tiranosaurios, en blanco. 
Créditos: © PROCEEDINGS OF THE NATIONAL ACADEMY OF SCIENCES

Como piezas de un rompecabezas, tenemos varios trozos de esqueleto de Timurlengia, incluyendo parte del hocico y mandíbulas, algunos dientes, varias vértebras del cuello, la espalda y la cola, y los fragmentos de las manos y los pies. Estos huesos nos dicen que Timurlengia era de unos 3 a 4 metros de largo y pesaba alrededor de 170 a 270 kilos, aproximadamente del tamaño de un caballo grande.

Timurlengia habría sido una criatura desagradable, pero no se acerca al tamaño brutal de T. rex. De hecho, no estaba en la cima de la cadena alimenticia en absoluto. Todavía vivía con el temor de otros dinosaurios carnívoros más primitivos, llamados alosaurios, que eran los depredadores tope del día.

Pero también hay otra parte del esqueleto de Timurlengia que hemos sido capaces de estudiar: la caja craneana, los huesos fusionados en la parte posterior del cráneo que rodean el cerebro, el oído y los senos paranasales. Lo pusimos en un escáner de tomografía computarizada, lo que nos permitió escrutar digitalmente dentro y tener una idea de cómo era su cerebro y órganos sensoriales.

Esto nos trajo una gran sorpresa: Timurlengia tenía el mismo tipo de cerebro y de oído que los tiranosaurios gigantes, como T. rex. Era muy inteligente, y tenía un oído en sintonía para oír sonidos de baja frecuencia. Anteriormente, se pensaba que estas características eran únicas para los grandes tiranosaurios, parte de ese conjunto de herramientas predadoras súper potentes, que evolucionaron a medida que se convirtieron en gigantes.

Historia de la evolución

Así que nuestro nuevo tiranosaurio uzbeko ayuda a contar una historia acerca de cómo la evolución convierte a animales aparentemente normales en fenómenos extraordinarios de la naturaleza. La historia ocurre más o menos así.  

Los tiranosaurios se originaron hace unos 170 millones de años durante el período Jurásico, como acosadores de tamaño humano que corrían rápido y que utilizaban sus largos brazos para atrapar sus presas. Por unos 80 millones de años ellos se quedaron así, lejos de ser espectaculares, pero ganándose la vida en las sombras.

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Hans Sues, líder del departamento de Paleobiología, del Museo Nacional de Historia Natural de la Institución Smithsonian, muestra un diente de Tyrannosaurus Rex (mano derecha) para su comparación con un diente real del nuevo tiranosaurio Timurlengia euotica.   CRÉDITO: James Di Loreto, Smithsonian.

Luego, algunos de estos pequeños tiranosaurios desarrollaron cerebros y sentidos sofisticados, probablemente para ayudarlos a rastrear mejor a sus presas. Lo que no sabían era que, con el tiempo, estas funciones neurosensoriales les serían muy útiles, cuando los alosaurios se extinguieron hace unos 80 a 90 millones de años y un nuevo nicho en la parte superior de la pirámide de la alimentación de repente se abrió. Su inteligencia y sentidos afilados hacían del tiranosaurio un candidato perfectamente equipado para tomar el papel de depredador principal.

Y así lo hicieron. Muy rápidamente los tiranosaurios de tamaño humano o tamaño de caballo se convirtieron en monstruos gigantes, más largos que un autobús y con un peso de más de una tonelada. Sus cabezas se convirtieron en gigantes máquinas de matar y sus brazos, ahora innecesarios, se encogieron. Ya para hace 80 millones de años,  estos mega tiranosaurios estaban aterrorizando lo que hoy es Norteamérica y Asia, extendiéndose a todos los ecosistemas sobre la tierra,  desplazando a los depredadores más pequeños, y comiéndose todo lo que quisieran.

Continuó así otros 15 millones de años más o menos, hasta ese día, cuando el T. rex estaba en la cima de su éxito arrasando el oeste de América del Norte, que un asteroide de 10 kilómetros de ancho cayó del cielo y el mundo cambió en un flash.

Stephen Brusatte recibe fondos de la Comisión Europea (acciones Marie Curie), la Fundación Nacional de Ciencias, Universidad de Edimburgo, y el Museo Americano de Historia Natural.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el artículo original.