Los primeros síntomas de picazón en los ojos o el moqueo incesante empujan a las personas alérgicas a la farmacia a comprar algo que las alivie. Sin embargo, estos medicamentos solo mejoran los síntomas de la alergia pero no logran abordar la raíz del problema: la reacción exagerada de nuestro sistema inmunitario frente a sustancias inocuas. La única cura es una serie de inyecciones de pequeñas dosis de alérgenos que desensibilizan el organismo durante unos meses o años. Sin embargo, numerosos pacientes evitan estas vacunas debido a los posibles efectos secundarios graves que provocan, como la anafilaxia.

Ese dilema ha llevado a Stephen Miller, de la Universidad Noroccidental, y a Lonnie Shea, de la Universidad de Michigan, a desarrollar un método más seguro que oculta transitoriamente el contenido de las vacunas frente a los ataques del sistema inmunitario.

Para enseñar a las defensas a diferenciar los elementos dañinos de los inocuos, es necesario que las células inmunitarias que se desarrollan en el hígado y en el bazo se familiaricen con las proteínas inofensivas que deberán dejar en paz más tarde. El problema es que las células inmunitarias maduras a veces atacan a los alérgenos que contiene una inyección antes de que lleguen a estos centros de aprendizaje. Por ello, el inmunólogo Miller y el ingeniero biomédico Shea han diseñado un método de administración semejante a un caballo de Troya: un alérgeno envuelto en una nanopartícula. Estas partículas tienen aproximadamente el mismo tamaño que los restos de las células muertas de la sangre, por lo que el sistema inmunitario las registra como desechos normales y las deja atravesar el torrente sanguíneo hasta el hígado y el bazo. Una vez allí, el revestimiento de las partículas se disuelve y libera los alérgenos.

Tal y como se ha publicado en un nuevo artículo en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences USA, los investigadores ensayaron esa estrategia en ratones alérgicos a la ovoalbúmina, una proteína del huevo. Los científicos cargaron inicialmente nanopartículas con esa proteína, que por sí sola provocaría una reacción alérgica grave, y luego inyectaron las nanopartículas en cinco ratones. Estos no mostraron reacción alguna. Más tarde, cuando se les inyectó ovoalbúmina directamente para ver si todavía eran alérgicos, los ratones no presentaron signos de inflamación en las vías respiratorias. Además, los análisis de sangre revelaron un aumento del número de linfocitos T reguladores, que atenúan el sistema inmunitario. Estos resultados indican que los alérgenos encapsulados en nanopartículas se deslizaron entre las defensas del organismo de forma camuflada, y que el sistema inmunitario aprendió posteriormente que estos alérgenos no eran dañinos.

El uso de nanopartículas en los tratamientos de la alergia podría ofrecer una herramienta poderosa para combatir una variedad de alergias e incluso trastornos autoinmunitarios como la esclerosis múltiple, de acuerdo con Kari Nadeau, director del Centro Sean Parker N. para la Investigación de Alergias y Asma en la Universidad Stanford. Ello se debe a que las nanopartículas pueden rellenarse con activadores inmunitarios de numerosas sustancias, incluido el polen y los ácaros del polvo. Algunos investigadores ya han visto resultados positivos en sus experimentos con nanopartículas para el tratamiento de la alergia a los cacahuetes. Próximamente, Miller y Shea planean realizar un ensayo clínico para la celiaquía, una enfermedad en la que el sistema inmunitario reacciona de forma exagerada frente a las proteínas de trigo.