Cuando trascendió  la noticia, hoy hace treinta años, de que el transbordador espacial Challenger se había perdido junto con su tripulación de siete miembros, solo 73 segundos después de su lanzamiento, mis amigos y yo solo podíamos mirar incrédulamente el televisor mientras las tomas del accidente se repetían una y otra vez. En esos tiempos yo era un estudiante de posgrado de ingeniería, pero estaba decidido a convertirme en un astronauta. De hecho, acababa de recibir el formulario de aplicación para el programa de astronautas de la NASA que había solicitado una semana antes.

Dos semanas después, completé mi aplicación, la envié a la NASA, y crucé los dedos. ¿Pensé acerca de los riesgos? Por supuesto que lo hice. Quien diga lo contrario no está siendo completamente honesto. La cantidad de energía necesaria para llevar una nave a velocidad orbital, y las fuerzas que debe resistir al reingresar a la atmósfera terrestre, hacen que el riesgo sea imposible de evitar.

Aún así, esta era la primera vez que Estados Unidos perdía una tripulación en un vuelo. Unos años antes, habíamos sufrido la pérdida de la tripulación del Apollo-1,  formada por tres hombres, en un incendio durante una prueba en tierra, y cuasi habíamos tenido un incidente cuando el Apollo-13 se dañó de camino a la Luna. Pero como nación, estábamos especialmente sorprendidos y conmocionados por este accidente. En parte debido a que fue transmitido en directo por la televisión, y luego repetido una y otra vez, y en parte porque el Challenger, además de llevar a cinco astronautas profesionales, también llevaba a un ingeniero de satélites y a la primera maestra que volaba al espacio, dos "civiles" que no eran astronautas profesionales.

Lloramos la pérdida de la tripulación, y nos dedicamos a la dolorosa tarea de investigar el accidente para determinar las causas primordiales y los arreglos, para minimizar la posibilidad de que esto ocurriese de nuevo. Aprendimos muchas lecciones, tanto técnicas como culturales. El transbordador espacial y su infraestructura de apoyo fueron completamente recertificados antes de la siguiente misión, dos años más tarde.

El accidente del Challenger hizo que el programa espacial de los Estados Unidos abriera sus ojos. Aunque habíamos estado volando en naves espaciales desde hacía varias décadas, probablemente habíamos sido un poco ingenuos, ya que nunca creímos que algo así nos podría pasar a nosotros. Habíamos tenido un gran éxito en nuestras misiones espaciales y, hasta entonces, habíamos superado todos los problemas que se habían presentado durante los vuelos.

Pero, tal y como los astronautas saben mejor que la mayoría, los riesgos, incidentes y accidentes son inevitables en el desarrollo de cualquier vehículo de alto rendimiento. La aparición del vuelo supersónico durante la década de 1940 y de los aviones de la “Serie Century”  en la década de 1950 vinieron acompañados de la pérdida de varios pilotos de pruebas. Aún así, fue un momento glorioso. Hubo rápidos avances en la tecnología y funcionamiento de las aeronaves, y la década siguiente trajo el nacimiento de la Era Espacial.

Tras la tragedia del Challenger, nunca hubo ninguna duda en torno a continuar, jamás se pensó en renunciar. Sin embargo, tras el accidente del Columbia, casi diecisiete años después, el programa de los transbordadores se fue reduciendo a lo largo de los siguientes ocho años. Una vez completada la construcción de la Estación Espacial Internacional, los transbordadores no volaron más, el programa de transbordadores se dio por terminado.

Creo que eso fue un error. El transbordador espacial era y sigue siendo la máquina voladora más capaz jamás concebida, construida y operada. Aprendimos mucho durante los treinta años de vuelos de transbordadores, y en mi opinión, deberíamos seguir volando en ellos. Los transbordadores llevaban una tripulación de siete personas y cerca de 60.000 libras de carga útil a la órbita terrestre baja. Tras transformarse de un cohete a una plataforma de investigación o de construcción orbital, reingresaba en la atmósfera y aterrizaba en una pista convencional al terminar su misión. Después de unos cien días de trabajos, estaba listo para volar de nuevo.

Nada como esto se había propuesto antes, ni mucho menos construido u operado. Nada lo ha sustituido desde entonces. Renunciamos a esta maravillosa máquina porque se le consideró muy riesgosa y costosa. Pero conocíamos los riesgos desde el inicio. En cuanto a los costos, échenle un vistazo a los costos astronómicos de los programas actuales de vehículos espaciales y díganme luego si los transbordadores eran demasiado caros para seguir operando.

El riesgo de volar el transbordador siempre estuvo presente, pero no era algo que me hiciese considerar no entrar en el vehículo. Para hacer cualquier cosa que valga la pena, uno debe asumir riesgos calculados. Naturalmente, pensé en los riesgos mientras se daba la cuenta regresiva de cada despegue, pero no le di más vueltas.

Eso es lo que siempre he sentido, y continúo sintiendo.

 


Leroy Chiao sirvió como astronauta de la NASA desde 1990 hasta 2005. Durante su carrera de 15 años, voló cuatro misiones al espacio, tres veces en los transbordadores espaciales y una vez como el copiloto de una nave espacial rusa Soyuz hacia la Estación Espacial Internacional. En ese vuelo, se desempeñó como comandante de la Expedición 10, una misión de seis meses y medio de duración. Dr. Chiao ha realizado seis caminatas espaciales, tanto en trajes espaciales estadounidenses como rusos, y ha permanecido casi 230 días en el espacio.