“Soy un hombre de vehemente disposición, con violento entusiasmo y extremo desenfreno en todas mis pasiones”, escribió Oliver Sacks hace seis meses en un editorial abierto para el New York Times, en el cual contó al mundo que estaba muriendo de cáncer. Y aunque admitió estar sintiendo un incipiente sentido de desapego por los eventos cotidianos, el renombrado neurólogo e incomparable cronista de las peculiaridades y complejidades del cerebro humano, dijo que estaba apostándole doble o nada a la vida: “Tengo que vivir de la manera más rica, profunda y productiva posible”.

Y eso fue exactamente lo que Sacks, de 82 años de edad, hizo antes de morir el 30 de agosto de un melanoma que se había extendido a su hígado. En un último frenesí, completó una reveladora autobiografía, On the move: A Life, publicada con eufóricas críticas en mayo; escribió un libro para niños acerca de los elementos de la tabla periódica (la química era una de sus desenfrenadas pasiones); una oda filosófica al sabbat como día de descanso, y otros trabajos algunos de los cuales probablemente se revelarán póstumamente. Kate Edgar, su asistente de larga data, dijo a un reportero del New York Times que Sacks, quien siempre escribió con pluma en papel, probablemente moriría “con una pluma fuente en su mano”.

En todos sus trabajos —como médico clínico y escritor— Sacks aplicó agudos poderes de observación, una curiosidad sin límites y una compasión que reflejaba su propia familiaridad con el sufrimiento y la alienación. Decía que modelaba su escritura en los detallados, casi novelísticos casos de estudio que fueron populares en la medicina del siglo XIX, y fue particularmente inspirado por el gran neuropsicólogo ruso Alexander Luria.

La mayoría de los científicos y médicos interesados en el cerebro tienden a reflexionar sobre los rasgos característicos encontrados en poblaciones de pacientes con autismo, enfermedad de Párkinson, esquizofrenia y otras condiciones, pero Sacks estaba fascinado con la singularidad de los pacientes individuales y la luz que arrojaban en la condición humana.

Sus trabajos de no ficción alcanzaron el nivel de arte literario de una forma que solo unos pocos científicos autores, como por ejemplo Lewis Thomas o Stephen Jay Gould, han logrado. De hecho, la Universidad Rockefeller reconoció a Sacks en 2001 con el Premio Lewis Thomas.

No es de extrañar que la escritura de Sacks inspirara, cada tanto, otros trabajos de arte. El ensayo principal de su colección de casos publicada en 1985, The Man Who Mistook His Wife for a Hat, acerca de un hombre con un desorden cerebral llamado agnosia visual que lo dejó incapacitado para comprender lo que estaba mirando, inspiró en 1986 una ópera del mismo nombre. Su libro Awakenings, publicado en 1973, y que documentó el notable experimento de Sacks utilizando la droga levodopa (también conocida como L-dopa) para reactivar a pacientes que habían estado paralizados por décadas por encefalitis, fue la base para una película de 1990, que tenía como protagonista al fallecido Robin Williams con un personaje inspirado en Sacks.

Dos películas y una obra fueron inspirados en ensayos recogidos en An Anthropologist on Mars, una colección de 1995 que también hizo mucho por presentar el autismo como una condición, no solo de discapacidades, sino también de habilidades. El título vino de un perfil del conductista de animales autistas, Temple Grandin, quien usó la metáfora marciana para describir cómo se sentía ser una persona autista tratando de entender el comportamiento ordinario humano.

Nacido en Londres, Sacks era el más joven de cuatro hijos de una pareja de doctores (su madre fue una de las primeras mujeres cirujanas del Reino Unido), ambos eran judíos observantes. Sacks proviene de una notablemente distinguida familia. Entre sus familiares están el respetado político israelí Abba Eban; el matemático Robert Aumann, ganador de un premio Nobel; y el caricaturista estadounidense Al Capp.

La autobiografía de Sacks publicada en 2015 reveló por primera vez que era gay y que pasó décadas en escondiéndolo en soledad y celibato, encontrando el amor solo tarde en la vida. Un atleta extraordinario, impuso el récord de levantamiento de pesas (272 kilos en la modalidad de sentadillas sobre la cabeza) mientras vivía en el sur de California, y continuó nadando 1,6 kilómetros diarios en las aguas cercanas a su casa ubicada en City Island, en la ciudad de Nueva York, hasta sus últimos años.

En su juventud, Sacks fue un entusiasta de la motocicleta y un dedicado usuario de drogas recreacionales que disfrutó experimentando con alucinógenos. En una fantasía generada por el uso de estas drogas, y la cual fue descrita en su libro Hallucinations (publicado en 2012), se involucró en un largo discurso filosófico con una araña en la pared.

Su casi temeraria pasión por explorar el límite de la experiencia, y su punto de vista externo, tanto de homosexual como de expatriado, contribuyó casi de manera certera a su habilidad para entender y simpatizar con sus pacientes. Eso, además de sus particularidades psicológicas personales: “Soy muy tenaz, para bien o para mal”, escribió en su ensayo autobiográfico A Leg to Stand On. “Si mi atención está concentrada, no puedo desconectarla. Esto puede ser una gran fortaleza, o una debilidad. Me hace un investigador. Me hace un obsesivo”.

Es imposible decir cuántas carreras en neurología, neurociencias y psicología fueron inspiradas por el trabajo de Oliver Sacks, o cuánta gente con autismo, síndrome de Tourette y los desconcertantes síndromes que siguen a una apoplejía se encontraron representados en sus artísticas palabras y sus empáticos análisis.

En su editorial abierto de febrero, acerca de cómo enfrentar la muerte, Sacks expresó una vez más su apasionada apreciación por la peculiaridad de sus individuos, expresando por sus fanáticos los mismos sentimientos que muchos tendrían con su muerte: “Cuando la gente muere, no puede ser reemplazada. Dejan hoyos que no pueden ser cerrados, porque es el destino —genético y neural— de cada ser humano, ser un individuo único, encontrar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte”.