Inspirado en la estupenda edición de septiembre de Scientific American, la cual celebra el centenario de la teoría general de la relatividad de Einstein, he desempolvado un ensayo que escribí para el New York Times hace una década. Esta es una versión editada y actualizada.

Cuando el Instituto Tecnológico Stevens me contrató hace una década, me instaló por muchos meses en el departamento de física, el cual tenía una oficina extra. Al final del pasillo, el rostro de Albert Einstein con su cabello erizado anunciaba en un póster “Año Mundial de la Física 2005”. El póster celebraba el centenario del “año milagroso” en que un joven oficial de patentes en Berna, Suiza, revolucionó la física con cuatro estudios en relatividad, mecánica cuántica y termodinámica. “Ayúdanos a hacer del 2005 otro año milagroso”, exclamaba el afiche.

Mientras 2005 se escurría sin milagros a la vista, el póster tomó un tono más y más conmovedor. Pasando por la oficina de un profesor de física que cometió el error de dejar su puerta abierta, me detuve e hice la pregunta implícitamente planteada por el afiche del “Año de la Física”: ¿Habrá alguna vez otro Einstein? El físico frunció el ceño y contestó: “No estoy seguro de qué significa esa pregunta”.

Déjeme explicarme. Einstein es el científico más famoso y más querido de todos los tiempos. Lo reverenciamos, no solo como un genio científico sino también a nivel moral y espiritual. Abraham Pais, amigo y biógrafo de Einstein, lo llamó “el hombre divino del siglo XX”. Para Dennis Overbye, reportero de física del New York Times, Einstein fue un “ícono” de “la humanidad de cara a lo desconocido”. Para replantear mi pregunta: ¿producirá la ciencia alguna vez otra figura que evoque tan hiperbólica reverencia?

Lo dudo. El problema no es que los físicos modernos no puedan igualar el candente poder intelectual de Einstein. En Genio, la biografía del físico Richard Feynman publicada en 1992, su autor James Gleick pondera por qué la física no ha producido más gigantes como Einstein. La paradójica respuesta, sugiere Gleick, es que hay tantos físicos brillantes vivos hoy en día que se ha hecho muy difícil para cualquier individuo sobresalir entre la multitud. En otras palabras, nuestra percepción de Einstein como una figura destacada es, pues, relativa.

La explicación de Gleick tiene sentido. (De hecho, el físico Edward Witten ha sido descrito como el físico más dotado para las matemáticas desde Newton.) Sin embargo, yo añadiría un corolario: Einstein parece más importante que los físicos modernos porque, para parafrasear a Norma Desmond en Sunset Boulevard, la física se volvió pequeña.

A lo largo de la primera mitad del siglo pasado, físicos cosecharon no solo profundos conocimientos sobre la naturaleza –los cuales resonaron con el trabajo desorientador de visionarios creativos como Picasso, Joyce y Freud– sino también históricas tecnologías como la bomba atómica, la energía nuclear, radares, láseres, transistores y todos los artefactos que componen una computadora y la industria de la comunicación. La física importaba.

En las últimas décadas, muchos físicos se han empeñado en perseguir un objetivo que obsesionó a Einstein en sus últimos años: una teoría que fusionara física cuántica y la relatividad general, las cuales son tan incompatibles, conceptual y matemáticamente, como un diseño a cuadros y otro a lunares. Investigadores de esta “teoría del todo” han deambulado en zonas fantasmales de grandes dimensiones con poca o ninguna conexión empírica a nuestra realidad.

En las últimas décadas, la biología ha desplazado a la física como la iniciativa científica con mayor influencia intelectual, práctica y económica. De todos los biólogos modernos, Francis Crick (quien originalmente se entrenó como físico),  ha sido el que probablemente más cerca llegó de Einstein en términos de logros científicos. Junto con James Watson, Crick descifró la estructura de doble hélice del ADN en 1953. Él demostró cómo este elemento media el código genético que sirve de plano guía para la vida.

Así como Einstein buscó en vano una teoría unificada de la física, Crick intentó en sus últimas décadas descifrar el misterio de la conciencia, el problema más complejo aún no resuelto de la ciencia. “Probablemente necesitamos algunos Einsteins” para resolver el problema, escribió una vez Rodney Brooks, experto en inteligencia artificial.

Pero ni Crick ni ningún otro biólogo moderno se acercó a la reputación fuera del círculo de la ciencia de Einstein. Einstein tomó ventaja de su fama para hablar sobre las armas nucleares, la energía nuclear, el militarismo y otras cuestiones vitales a través de clases, ensayos, entrevistas, peticiones y cartas a los líderes mundiales. Cuando hablaba, la gente escuchaba.

Luego de la muerte del primer presidente de Israel, el químico Chaim Weizmann, en 1952, el gabinete israelí le pidió a Einstein que considerara ser presidente del país. Einstein declinó amablemente, tal vez para el alivio de los oficiales israelíes, dado su compromiso con el pacifismo y un gobierno global. Mientras esperaba por la respuesta de Einstein, David Ben-Gurion, el primer ministro, supuestamente preguntó a un ayudante: “¿Qué vamos a hacer si acepta?”.

Es difícil imaginar a cualquier científico moderno, físico o biólogo, siendo idolatrado de esta forma. Una razón podría ser que la ciencia como un todo ha perdido su brillo moral. El público es ahora más cauteloso que nunca sobre avances científicos, ya sea energía nuclear o ingeniería genética. Más aún, a medida que la ciencia moderna se ha ido institucionalizando, se ha empezado a parecer más a un gremio que aprecia la autopromoción sobre la verdad y el bien común.

Einstein también poseía una calidad moral que lo distinguía aún en su propio tiempo. De acuerdo con Robert Oppenheimer, el ángel negro de la física nuclear, Einstein exudaba “una profunda pureza que era infantil y profundamente tenaz al mismo tiempo”.

Los aspirantes a científicos e ingenieros que encuentro en mi escuela me dan la esperanza de que la ciencia tiene un futuro brillante. Pero sospecho que nunca veremos a alguien como Einstein de nuevo, porque él fue el producto de una convergencia única de tiempo y temperamento.

Einstein, incidentalmente, no pensaba que sobreviviría a su propia reputación. “No soy ningún Einstein”, dijo una vez. Además de todas sus propias cualidades, el hombre era modesto.

Adenda: En la edición de septiembre de Scientific American, el físico Brian Greene también pregunta, “¿podría haber otro Einstein?”. Él responde: “Si nos referimos a otro súper genio que mágicamente empujará la ciencia hacia delante, entonces la respuesta es seguramente sí. En el último medio siglo tras la muerte de Einstein, ha habido, de hecho, científicos así. Pero si nos referimos a un súper genio al que el mundo admirará no por sus logros en deportes o entretenimiento, sino como un ejemplo de lo que la mente humana puede alcanzar, pues, la pregunta nos habla de lo que nosotros, como civilización, consideramos preciado”. Note la implicación de Greene: Si la ciencia no produce otro Einstein, no es culpa de los científicos.

Sobre el autor
Cada semana, el escritor de temas científicos y jugador de hockey John Horgan da una mirada traviesa y provocativa a lo más novedoso en ciencia. Profesor en el Instituto Tecnológico Stevens, Horgan es el autor de cuatro libros, incluyendo El fin de la ciencia (1996), republicado con un nuevo prefacio en 2015; y El fin de la guerra (2012), publicado en su edición de bolsillo en 2014. Sígalo en Twitter @Horganism.