Nota del editor (16/11/2015):  A raíz de los ataques terroristas en París el 13 de noviembre, Scientific American ha decidido republicar el siguiente artículo, el cual fue publicado originalmente tras el ataque al periódico parisino Charlie Hebdo en enero de 2015.

Durante años, he estado recibiendo correos electrónicos de personas que alaban mi brillante investigación sobre terrorismo y luego me hace difíciles preguntas sobre este tema. Ante ello, estoy obligado a responder: “Lo siento, soy John Horgan, el periodista científico estadounidense. Ocasionalmente escribo sobre terrorismo, pero me ha confundido con John Horgan, el psicólogo irlandés y experto en terrorismo”. Desearía poder tomar crédito por el trabajo del otro John Horgan (con quien, hasta donde sé, no estoy emparentado). Por más de 15 años, él ha llevado a cabo exhaustivas entrevistas con exmilitantes para entender por qué se acercan y alejan del terrorismo. Él ha escrito media docena de libros sobre terrorismo y ha sido consultor del FBI y otras agencias. Nació en Irlanda y recibió su doctorado en University College, Cork, y ahora dirige el Centro para Estudios del Terrorismo y la Seguridad de la Universidad de Massachusetts, en Lowell. Últimamente, he estado perturbado por el tema del terrorismo más de lo usual debido a los ataques en Europa y el surgimiento de ISIS. Así que le envié un email a Horgan y le pregunté si creía que una entrevista entre nosotros parecería un truco publicitario. “Me encantan los trucos publicitarios”, contestó, “si nos permite hacer algo informativo”. Este fue nuestro intercambio:

¿Por qué se dedicó a estudiar el terrorismo?
Inicialmente, llegué a este campo por accidente. Un día estaba tomando una clase de psicología social en University College, Cork y el profesor (Max Taylor, un reconocido experto en terrorismo) había recién acabado de explicarnos los experimentos de Milgram sobre obediencia a la autoridad. La idea de que el comportamiento extremo puede desarrollarse con frecuencia a partir de inicios mundanos era la cosa más profunda que jamás había leído. En su siguiente clase, el profesor Taylor nos dijo cómo esas mismas dinámicas trabajan en el interior de los grupos terroristas. Quedé enganchado.

¿Cómo define usted el terrorismo?
El usar –o amenazar con usar– la violencia por parte de  grupos que no son parte de un estado para alcanzar un cambio político y, al hacerlo, hacer de civiles no combatientes las víctimas inmediatas.

Algunos críticos, como Noam Chomsky, acusan a Estados Unidos de practicar terrorismo. ¿Comentarios?
Muchos,de los gobiernos se involucran en algún momento en actos que son similares en diseño y resultados a lo que llamamos “terrorismo”. Cuando los estados lo hacen, y cuando se sabe que lo hacen, el lenguaje cambia a algo como “terrorismo patrocinado por el estado” o incluso “crimen de guerra”. Terrorismo es una etiqueta que está típicamente reservada para los grupos no vinculados al estado. No tengo ningún problema con la gente que aborrece esta etiqueta, pero es algo con lo que estamos atascados, así que podemos al menos usarlo de manera consistente. Creo que lo que hago es enfocarme en terrorismo ejecutado por actores no vinculados al estado. Cuando le digo a la gente que estudio el terrorismo, casi siempre me dicen: “¿pero y qué hay acerca de las acciones de este gobierno o de aquél gobierno?”. Bueno, ¡hay gente que también estudia eso! No podemos comprender completamente el comportamiento terrorista sin estudiar el comportamiento de los estados que aseguran combatirlo —después de todo, ambos lados utilizan con frecuencia las acciones del otro para reclamar legitimidad por lo que hacen, así como también para movilizar sus respectivas audiencias a tomar acción–.

¿Hay alguna insidiosa idea equivocada ahí afuera acerca de los terroristas?
Hay demasiadas como para listarlas todas aquí. Algo que encuentro problemático en este momento es la idea de que, para prevenir el terrorismo, tenemos que primero prevenir la radicalización. Es una presunción creíble, y pocos la contrariarían, pero no estoy todavía convencido de su validez científica. Hay muchas más personas que tienen visiones “radicales” que jamás se involucrarán en terrorismo, y hay muchos terroristas (que son ya pocos en números, un punto que tendemos a olvidar) que en principio no tienen visiones radicales pero que aún así son arrastrados hacia el terrorismo. De hecho, más y más evidencia sugiere que bastantes terroristas adquieren sus puntos de vista radicales con entrenamiento ideológico solo después de haberse involucrado con un reclutador o un grupo. No sabemos ni remotamente suficiente sobre la secuencia temporal de este proceso, y aún así no dejo de sorprenderme acerca de lo rápido que los políticos adoptan lo que parece ser una serie interminable de duelos metafóricos, que sustituyen al análisis y las investigaciones serias.

¿Es algún paradigma psicológico —psicoanálisis, psicología evolutiva, conductismo, etc.— útil para entender el terrorismo?
Soy un conductista de corazón, y creo que tenemos las herramientas conceptuales a nuestra disposición para desarrollar una ciencia de la conducta terrorista, pero la psicología es una disciplina que ha fallado en adoptar el estudio del terrorismo. Explicaciones psicoanalíticas dominaron las décadas de 1970 y 1980, y estamos viendo algunas ideas muy innovadoras en la psicología evolutiva, pero también en la psicología industrial y organizacional, en las áreas de comportamiento organizacional, creatividad, cómo y por qué las personas dejan las organizaciones, etc. Tenemos un largo camino por delante, pero hay algunas investigaciones interesantes siendo ejecutadas ahora mismo por un pequeño grupo de psicólogos. Si pudiéramos hacer más para promover el estudio psicológico del terrorismo a un nivel de posgrado (universitario), estaríamos en mejor forma en 10 años en lugar de hacernos las mismas viejas preguntas (y tal vez darnos las mismas viejas respuestas) cada vez que ocurre una crisis.

¿Cuáles son las mayores razones por las que la gente se une al terrorismo, y especialmente terrorismo suicida?
Es típicamente una combinación de problemas grandes y pequeños, o lo que algunos llaman factores de “estira y encoge”. Los mayores problemas incluyen la alienación, rabia e indignación compartida (por ejemplo, hacia alguna política internacional), frustración, desilusión, un sentido de victimización de las acciones o, en el caso de Siria, inacciones de otros. Los problemas más pequeños, los “anzuelos”, incluyen los beneficios percibidos por unirse —por ejemplo, la aventura, la emoción, la camaradería, un sentido de pertenencia, ser parte de algo mucho mayor, etc.— La clave para entender es no solo preguntar por qué la gente se une sino cómo se une, y cuáles son las estrategias que usan los reclutadores en ese proceso. Los reclutadores efectivos usarán cualquier herramienta que tengan en su arsenal para atraer a alguien, ya sea convencerlos de su deber de luchar en defensa de otros, hasta convencerlos de que involucrarse les ofrece una salida a la humillación y victimización, algo que el reclutador le recuerda al joven que sufrirá si se queda en casa. La radicalización, y su relación con el reclutamiento (y cómo respondemos a esta) es un sistema en constante cambio. El porqué alguien se une hoy es diferente al porqué alguien podría haberse unido al mismo grupo hace tres años. No espere respuestas sencillas. Incluso los terroristas arrepentidos dispuestos a hablar acerca de sus experiencia no necesariamente tienen respuestas claras. Una lección que he aprendido de tratar (y fallar) de contestar esa pregunta a través de los años es que necesitamos una mejor forma de pensar y hablar sobre motivaciones.

Usted ha escrito acerca de la “desvinculación” del terrorismo. ¿Cómo puede una persona ser motivada a rechazar el terrorismo?
Me impactó mucho la inmensa desilusión que se da dentro de los grupos terroristas. El idealismo que ayuda a atraer a alguien al terrorismo a menudo entra en conflicto con la realidad experimentada por el recién e impecable recluta. La cacería (en un sentido psicológico) se desarrolla con rapidez y los reclutas tienen que lidiar con la desilusión de una u otra manera. La aceptas y sigues hacia delante, tal vez adoptando contenido ideológico o buscando confort en la camaradería. O sufres por la desilusión y tratas de disimularla hasta que puedas escapar. Algunos terroristas reportan desilusión mucho antes de haber podido incluso desvincularse del terrorismo. Reportan un sentimiento de sofocación, ser incapaces de irse por miedo a la represalia (por parte de los terroristas o el Estado) y reportan también estar igualmente temerosos de que su desilusión sea detectada por aquellos cercanos a ellos en el movimiento. Creo que necesitamos hacer un mejor trabajo en proveer “puertas de escape” no solo para la gente que está en el camino del terrorismo en primer lugar, sino también para aquellos que están ya involucrados con el terrorismo y quieren salir antes de que sea demasiado tarde. Algunos ven eso como una opción débil. Yo lo veo como la reducción de la naturaleza y extensión del problema. Ciertamente necesitamos hacer un mejor trabajo en mostrar los casos de arrepentimiento de antiguos terroristas, quienes están en una posición ideal para socavar de manera creíble el encanto de involucrarse.

¿Hay algo acerca del Islam que hace a sus seguidores especialmente propensos al terrorismo?
Tal como con el “terrorismo”, se ha hecho imposible hablar acerca de la relación entre el islam y el terrorismo sin causar grandes ofensas a alguien. El debate es tan polarizado ahora entre quienes dicen que si queremos entender el terrorismo, el islam lo es “todo”,  y aquellos que dicen que el islam es completamente irrelevante. Ambas posiciones son correctas. Ciertamente creo que el rol del islam, y la ideología religiosa en general, está ampliamente exagerada como un agente movilizador de participación en violencia política. Creo que es mucho más relevante en términos de sostener el compromiso y participar continuamente con un grupo. El contenido islámico es usado tanto como defensa de la actividad, como para la justificación para ciertas tácticas. Sin embargo, esto no es único del islam, y creo que cada “creyente” puede ampararse en preceptos religiosos, especialmente si están luchando para justificarse a sí mismos (así como también a otros) con lo que se han involucrado. Es la participación no crítica en ideología religiosa lo que es comúnmente asociado con el terrorismo. Es por esto que pienso que los convertidos son especialmente vulnerables a los reclutadores terroristas. Ellos no tienen un conocimiento religioso profundo que pudiera fácilmente refutar muchos de los argumentos cliché usados por los reclutadores en un intento por inspirar a los musulmanes jóvenes a movilizarse, en primer lugar.

¿Cómo podemos reducir la probabilidad de ataques como la masacre de Charlie Hebdo?
Esta es una pregunta difícil de contestar. Habrá una discusión inevitable acerca de cómo prevenir la radicalización, de hacer un mejor trabajo en integrar a los musulmanes, y así sucesivamente. Pero el éxito en cualquiera de esos campos no podrá evitar que ocurra el terrorismo. No parecemos ser capaces de darnos cuenta de que a pesar del muy inflado sentido de amenaza, el terrorismo no es ni un problema existencial ni algo que pueda ser “derrotado”. Los eventos terroristas siguen siendo raros. En mi opinión, la pregunta más grande es el preocupante sentido de qué tan pobre nuestra resiliencia social es, con frecuencia tras estos ataques. Hay otros ejemplos exitosos de países que han enfrentado horrendos actos de violencia (como Noruega con el ataque de Anders Breivik) y tomaron una decisión fundamental de no alterar su estilo de vida. Algunos tipos de ataque terrorista (como los ataques en los que participa una sola persona) podrían ser más detectables de lo que cree la gente, y aunque los atacantes de Charlie Hebdo podrían muy bien estar conectados a una red más grande, creo que la mayoría de la gente no está dispuesta a aceptar que en realidad no es posible detectar y prevenir todos los ataques terroristas.

El científico político John Mueller ha dicho que Estados Unidos exageró en su reacción a los ataques del 11 de septiembre. ¿Comentarios?
Estoy de acuerdo.

Si el presidente Obama le pidiera su consejo para luchar contra el terrorismo, ¿qué le diría? ¿Qué deberíamos hacer con ISIS?
Al presidente no le falta asesoramiento en esta materia. Lo que nadie va a decirle es que necesitamos inversiones a largo plazo para evitar la creación de políticas frenéticas e impulsivas cada vez que aparece una crisis. Necesitamos un Proyecto Manhattan para entender el comportamiento terrorista, una inversión sostenible para mayor investigación psicológica. Lo sé —por supuesto que yo diría eso—pero estoy hablando en serio. Esta es la única cosa que nos llevará a pasar las explicaciones de “psicología popular” que vemos sobre este fenómeno. La psicología tiene un tremendo potencial tanto para moldear nuestro entendimiento del terrorismo como para ofrecernos la base para un marco de trabajo estratégico que permita reducir el comportamiento terrorista. Otras disciplinas se apropian cada vez más de conceptos psicológicos, notablemente ciencias políticas, sin ningún sentido claro de sus contextos o limitaciones. Y aún así, cada vez que hay una crisis, las preguntas que están en el tope de la lista van dirigidas a la psicología: por qué y cómo alguien se vuelve un terrorista, y qué, si acaso, podemos hacer para prevenirlo.

¿Tendremos alguna vez un mundo libre de terrorismo?
No, hasta que se vuelva una estrategia inefectiva y poco atractiva para los grupos que capitalizan la predictibilidad de nuestras respuestas a sus acciones. Para que eso ocurra, dependemos en parte de los estados, quienes sostendrían una alta posición moral, formulando respuestas basadas en evidencia, y no cayendo en las trampas que grupos terroristas arman tan inteligentemente para los estados. En otras palabras: no.

Cada semana, John Horgan echa una provocativa mirada a lo más novedoso de la ciencia. Exreportero de Scientific American, Horgan es autor de cuatro libros, incluyendo The End of Science, 1996, republicado con un nuevo prefacio en 2015; The Undiscovered Mind, 1999; Rational Mysticism, 2003; y The End of War, publicado en versión de bolsillo en 2014. Enseña y dirige el Centro para la Redacción de la Ciencia en el Instituto Tecnológico Stevens.