¡Sentado! ¡Quieto! ¡Buen chico! Muchos de nosotros usamos esas palabras todos los días con nuestros mejores amigos no humanos. Ahora, una nueva investigación sugiere que, efectivamente, ellos pueden comprender al menos algo de lo que les decimos –y que prestan mucha atención a cómo lo decimos–.

Los resultados, publicados esta semana en la revista Science, pueden demostrar lo que los amantes de los perros siempre han creído como una verdad: que sus queridos caninos pueden procesar el lenguaje de una manera más matizada de lo que muchas personas han asumido durante mucho tiempo. “Creemos que las palabras son exclusivas de los humanos, pero, de hecho, los perros pueden procesar el significado y el tono de las palabras, y lo hacen de una manera muy similar a como lo hacen los humanos”, dice Atilla Andics, neurocientífico de la Universidad Eötvös Loránd en Budapest y autor principal del estudio.

Los científicos han creído durante mucho tiempo que la capacidad de los humanos para formar palabras –los bloques de construcción básicos del lenguaje– surgió como un mecanismo cerebral distintivo para sustentar la comunicación. Las palabras son sonidos arbitrarios, explica Andics, y los seres humanos les asignan significados. Otros animales por lo general no presentan esta capacidad. Sin embargo, a pesar de que los perros no vocalizan palabras, ellos parecen comprender una amplia variedad de ellas, señala. Los perros se sientan, van en busca de la bola, sacuden las patas y se acurrucan en respuesta a las palabras de cariño de sus compañeros humanos todos los días.

 
Los perros pueden diferenciar entre su voz alegre y su voz enojada. Crédito: BORBÁLA FERENCZY

Para probar cuáles señales verbales los perros realmente reconocen, Andics y su equipo reclutaron a 13 perros de diferentes razas, desde collies de la frontera hasta  golden retrievers. Entrenaron a los perros para que permanecieran inmóviles dentro de un escáner cerebral de resonancia magnética funcional (fMRI) durante siete minutos; luego los investigadores les pusieron grabaciones de voz de sus adiestradores. Mientras los perros escuchaban las grabaciones, los científicos midieron la actividad cerebral de los animales.

El equipo probó diferentes combinaciones de palabras y entonaciones. Por ejemplo, una grabación podría haber incluido una frase como “¡Bien hecho!” dicho en un tono exuberante y agudo. En otra, el entrenador podría haber dicho las mismas palabras en un tono neutro, o dicho una frase sin sentido conformada solo de conjunciones como “si” y “sin embargo”.

Los investigadores dicen que los resultados del análisis indican que los perros, tal como los humanos, utilizan diferentes regiones del cerebro para procesar diferentes partes del discurso. Utilizan el hemisferio izquierdo para analizar los significados de las palabras y el hemisferio derecho para analizar la entonación. Aparentemente, los perros en el experimento también fueron capaces de unir estos dos tipos de información: cuando las palabras positivas fueron emparejadas con tonos positivos, se activaron los centros de recompensa de dopamina del cerebro de los perros; pero cuando las palabras positivas se combinaron con tonos neutros, los circuitos de recompensa fueron ligeramente menos activos. Y cuando las conjunciones neutrales fueron pronunciadas en un tono positivo, esencialmente formando una frase sin sentido, los circuitos de recompensa de los perros no respondían en absoluto. “Los perros son muy inteligentes”, dice Andics. “Elogiarlos con la entonación correcta puede funcionar tan bien como otros premios, como el alimento, o una palmada en la espalda”.

 
Los investigadores visualizan la actividad cerebral de los perros. Crédito: VANDA MOLNÁR, VILJA MOLNÁR

Aunque aún no sabemos exactamente qué interpretan los cerebros de los perros cuando escuchan “¡buen trabajo!”, los resultados sugieren que las palabras tienen algún tipo de representación y significado, dice Andics y añade que es posible que otros animales también utilicen las mismas regiones para procesar el lenguaje,  sobre todo si esta capacidad evolucionó a partir de un ancestro común, hace millones de años.