En 1987, la ciencia solo conocía 18 ejemplares de turón patinegro, pero gracias a la cría en cautiverio y a la gestión intensiva, este mustélido cuenta ahora con unos cientos de individuos. Pero a semejanza de otras tantas especies recuperadas a partir de tan escaso número de sobrevivientes, todos los individuos son medio hermanos casi clónicos, con la misma predisposición a sufrir problemas hereditarios, patógenos potenciales o cambios ambientales que podrían abocarlos a la desaparición.

En un intento por renovar la variabilidad genética del turón y mejorar sus expectativas a largo plazo, el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de EE.UU. (SPVS) planea una solución radical: reintroducir parte del ADN perdido de la especie que aún preservan los ejemplares muertos conservados en zoológicos y museos. La iniciativa puede sonar menos irrealizable que el sueño de resucitar al mamut lanudo, pero implica revivir genes que murieron con sus portadores, por lo que no resultará sencillo.

El cuello de botella del turón patinegro es aún peor de lo que parece. De los 18 individuos que el SPVS rescató hace casi treinta años en las praderas de EE.UU., solo siete transmitieron sus genes a las generaciones posteriores. "Todos los turones descienden de esos siete individuos", afirma Kimberly Fraser, portavoz del Centro Nacional para la Conservación del Turón Patinegro, del SPVS. "Imaginemos que se tratara de siete personas: ¿qué sucedería?".

El año pasado, genetistas financiados por la iniciativa Revive & Restore, impulsada por la Fundación Long Now secuenciaron los genomas de dos turones vivos y el ADN de un macho y una hembra que fallecieron en los años ochenta y permanecen congelados en el Zoológico de San Diego. La comparación de ambas parejas indica que esa buscada diversidad genética existe y que podría reincorporarse a la población viviente mediante, por ejemplo, la clonación o la edición genética CRISPR. Esta posibilidad ha sido estudiada como medio para resucitar a especies como la paloma migratoria y, sobre el papel, podría servir para engendrar clones de los turones congelados, que serían cruzados con los turones vivos. Otra opción sería retocar el genoma de los clones para insertar secuencias de ADN que codifican anticuerpos contra dos infecciones frecuentes: la peste bubónica y el moquillo canino. O bien se podrían eliminar los genes que predisponen a los turones a padecer esas enfermedades. "¿Y todo eso para contar con dos fundadores genéticos más? Eso sería mucho", aclara Ryan Phelan, director ejecutivo de Revive & Restore.

El turón cuenta con bazas a su favor: procrea con rapidez y tiene prósperos parientes cercanos que podrían servir como sustitutos en los ensayos preliminares de clonación. Pero no es nada nuevo que ese tipo de manipulaciones genéticas afrontan numerosas trabas, como hallar financiación y abordar los escollos legales que rodean los proyectos genéticos relativos a especies amenazadas. Y a ellos se suman los obstáculos de carácter técnico, como la notoria dificultad que supone crear un clon viable y la larga deliberación sobre qué genes añadir o suprimir. El grupo de Revive & Restore pretende iniciar este año las primeras labores de edición genética en células cultivadas, con los auspicios de la Sociedad Zoológica de San Diego, pendientes de conseguir aún la financiación y los investigadores necesarios.

Si el rescate genético ayuda a prosperar al turón patinegro, tal vez funcione con otros animales y plantas que los conservacionistas intentan salvar, como anfibios casi exterminados por un hongo quitridio y el consanguíneo diablo de Tasmania, que está siendo diezmado por un cáncer facial contagioso. De hecho, un esfuerzo de restauración genética similar ya está en marcha para salvar al rinoceronte blanco septentrional, una subespecie de la que solo restan tres ejemplares. Se recurrirá al esperma congelado de machos muertos y a «gametos artificiales», células madre transformadas en células sexuales que albergan variantes de los genes restaurados. El equipo internacional de científicos responsable de la iniciativa detalló recientemente su plan en Zoo Biology, donde informaron que este rinoceronte se puede dar por extinto si no se llevan a cabo esfuerzos extraordinarios por evitarlo.

Ante esas tesituras, existen aspectos éticos a tener en cuenta. Un argumento de peso contra el rescate de especies en extinción es que el dinero no se debería derrochar en resucitar al mamut cuando hay elefantes que salvar, y los escasos fondos disponibles se invertirían mejor en proteger el entorno o en reforzar las medidas contra la caza furtiva. El proyecto del turón, empero, tal vez demuestre que las técnicas de rescate genético son aplicables a la conservación de especies vivas al borde de la desaparición. Tal y como Phelan explica: "Es una cuestión de hasta qué punto, como custodios, estamos dispuestos a socorrer a especies que no poseen toda la adaptabilidad evolutiva que hubieran tenido de ser las cosas distintas".

La meta que se marca el SPVS es disponer de una población silvestre de 3000 turones reproductores repartida en 30 grupos, y planea repoblar con ellos el último lugar en que se hallaron en libertad: Meeteetse, Wyoming. Sin ese esfuerzo de restauración genética, la consanguineidad podría condenar la especie al declive y a la extinción. "No sé si podremos invertir cien años en un programa de cría en cautividad y seguir con las limitaciones que tenemos en los genes. Pero espero ver el rescate genético con mis ojos", confiesa Fraser.

 

La versión en español de este artículo se publicó primero en Investigación y Ciencia.