En la batalla por el termostato, las preferencias a menudo tienen mucho que ver con el género. Pero el instigador del conflicto a menudo es el edificio en sí mismo, y representar mejor las particulares necesidades de temperatura de las mujeres podría conducir a un armisticio mientras se ahorra energía, de acuerdo con una nueva investigación.

El consumo energético residencial y en oficinas representa 30 por ciento de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, y por décadas los ingenieros han calibrado estos edificios para que los hombres tengan ambientes interiores confortables.

Específicamente, los estándares se establecieron en torno al metabolismo de un hombre de 40 años, con un peso de 155 libras (unos 70 kg), que disiparía 58 vatios de energía por metro cuadrado. Cada persona en un edificio irradia una cantidad dada de calor, lo que a su vez requiere una cierta cantidad de frío para mantener el equilibrio.

Junto con una medida vaga de aislación térmica de la ropa, estas variables forman las tablas de referencia que los ingenieros de todo el mundo han utilizado para calcular las cargas de calefacción y refrigeración desde la década de 1960.

Sin embargo, estas normas no tienen en cuenta las diferencias de tamaño (ahora, una persona promedio es más alta y más pesada), la composición corporal (gordo versus delgado), la edad (las personas de más edad tienen metabolismos más lentos), niveles de actividad y género: las mujeres irradian hasta 35 por ciento menos energía que el hombre estándar. En general, las mujeres prefieren temperaturas interiores más altas, con un promedio de 77 grados Fahrenheit (25 grados Celsius), mientras que los hombres dicen que se sienten más cómodos con 71 grados Fahrenheit (21,5 grados Celsius).

Al centrarse solo en los hombres, muchos edificios están desperdiciando energía y haciendo que sus ocupantes estén incómodos.

 “Si en su edificio son 50 por ciento hombres y 50 por ciento mujeres, ya está por encima de su demanda de refrigeración estimada”, dijo Boris Kingma, biofísico del Departamento de Biología Humana y Ciencias del Movimiento de la Universidad de Maastricht, en los Países Bajos.

‘La gente adaptará su conducta hasta que esté cómoda’

En un estudio publicado el lunes en la revista Nature Climate Change, Kingma presentó un modelo que podría definir mejor el punto térmico óptimo para casas y oficinas.

“Básicamente, tratamos de modelar lo que pueden indicar las características físicas”, dijo Kingma. “El modelo muestra bajo qué condiciones ambientales el cuerpo mantiene su temperatura interna sin tiritar ni transpirar”.

El modelo usó medidas reales del metabolismo y se basó en ellas para establecer estándares de comodidad de temperatura, un acercamiento de abajo hacia arriba que puede ser ajustado para adaptarse a diferentes culturas de oficina, a la demografía del lugar de trabajo y a las condiciones climáticas.

“Para tener una visión precisa de la demanda térmica, necesitan una visión precisa de las tasas metabólicas”, dijo Kingma.

Un enfoque de este tipo puede reducir la huella de carbono de los edificios, que consumen casi la mitad de la energía en Estados Unidos, de acuerdo con la Administración de Información de Energía, de Estados Unidos. A medida que se construyen nuevas oficinas y que las casas antiguas se reacondicionan, conseguir la temperatura adecuada podrá hacer una gran diferencia en el uso de energía.

Kingma señaló que muchas mejoras de la eficiencia no cumplen con los beneficios previstos porque los ocupantes socavan el desempeño del edificio, ya sea utilizando calefactores durante el verano o abriendo una ventana para dejar salir el exceso de calor en invierno (ClimateWire, 22 de diciembre de 2014). Hasta 80 por ciento de las variaciones en el consumo de energía de un edificio proviene de cómo las personas usan la estructura. “La gente adaptará su conducta hasta que esté cómoda”, dijo.

Alan Hedge, profesor de ergonomía de la Universidad de Cornell que no estuvo involucrado en el estudio, dijo que los hallazgos no sorprenden. “Hay una gran diferencia funcional de género en el confort térmico de los edificios”, opinó. “Lo sabemos desde hace mucho tiempo, pero lo seguimos pasando por alto”.

Sin embargo, esto no es simplemente un tema de comodidad; un mal clima en la oficina puede afectar la productividad. En un estudio de 2004, Hedge encontró que aumentar la temperatura de una oficina de 68 (20 grados Celsius) a 77 grados Fahrenheit (25 grados Celsius) redujo los errores de tipeo en 44 por ciento y aumentó la producción de textos en 150 por ciento.

Mantener los edificios muy fríos también crea un ciclo que se retroalimenta. “Al tener el aire acondicionado tan frío, el cuerpo nunca aprende a adaptarse a la temperatura más caliente”, dijo Hedge. “Cuanto más se puede estar en sintonía con el entorno real, mejor”.

Cortar las emisiones con el guardarropas

En el lugar de trabajo, parte de la solución de eficiencia radica en cambiar la cultura: las oficinas que se acondicionaron para atender a los hombres de traje usualmente dejan con frío a las mujeres, de pollera y blusa. Nivelar el código de vestimenta podría reducir la brecha de género en la temperatura.

Hedge señaló que en 2005, el gobierno japonés instituyó un programa llamado Cool Biz, en el que los edificios del gobierno fijaron sus termostatos a 82 grados Fahrenheit (27,7 grados Celsius) entre junio y octubre. Para adaptarse al calor, a los trabajadores se les permitió sacarse sus abrigos y aflojar sus cuellos.

El Ministerio de Ambiente japonés estimó que en el primer año que funcionó el programa, Cool Biz ahorró 460.000 toneladas de emisiones de dióxido de carbono.

Mientras que algunos trabajadores se sintieron cohibidos de andar en tren en camisa de manga corta con sus colegas del sector privado en trajes de lana, Cool Biz generó su propia subcultura y líneas de ropa. Después del terremoto y el tsunami de Tohoku de 2011, que provocó escasez de electricidad, la temporada de Cool Biz se extendió de mayo hasta octubre.

En Estados Unidos, Google apagó sus aires acondicionados en los centros de datos y alentó a sus trabajadores a usar pantalones cortos en esos lugares. A principios de este año, Wal-Mart Storties Inc. anunció que aumentaría la temperatura en sus tiendas y permitiría que sus trabajadores usen un código de vestimenta más informal.

Puede que falte mucho para ver trajes de gabardina y camisas sin mangas en el Senado, pero los tejidos frescos, que permiten respirar, como las telas seersucker (de algodón, también llamada mil rayas) y de lino podría ser un compromiso de ahorro de energía hasta que la moda se ponga al día con las demandas de eficiencia del gobierno.

En última instancia, la brecha de género nunca desaparecerá completamente, y el futuro se encuentra en la refrigeración personalizada, según Hedge (ClimateWire, 10 de febrero). La ventilación pasiva y la creación de microclimas para los individuos en lugar de enfriar un edificio entero podría ahorrar energía y aumentar la comodidad. 

Tomado de Climatewire con permiso de Environment  & Energy Publishing, LLC. www.eenews.net, 202-628-6500