La vida se encarga de dar, a la mayoría de nosotros, un reguero constante de golpes al ego, ya sean fracasos en el trabajo, desaires sociales, o amores no correspondidos. La psicología social ha proporcionado décadas de conocimiento sobre lo hábiles que somos en defendernos de estas amenazas psíquicas. Rebajamos las críticas negativas, nos comparamos favorablemente con aquellos que están peor que nosotros, atribuimos nuestros fracasos a los demás, damos un valor indebido a nuestras propias fuerzas, y devaluamos oportunidades que se nos han negado, todo ello para proteger y restaurar nuestra autoestima. En conjunto, se ha llamado "sistema inmunológico psicológico” a este grupo de procesos mentales provocados que ayudan en la reparación del estado de ánimo y de defensa del ego. Particularmente sorprendente para los psicólogos sociales es nuestra capacidad de permanecer ciegos al uso de estas estrategias de motivación, incluso cuando se hace evidente para los demás cuán sesgados somos.

Sin embargo, hay momentos en los que o bien no podemos permanecer ciegos a nuestros propios procesos psicológicos inmunes, o podemos encontrarnos conscientemente queriendo usarlos expresamente con el propósito de restaurar nuestro ego o nuestro estado de ánimo. ¿Entonces qué? ¿Podemos creer en la conclusión a la que llegamos, incluso cuando sabemos que hemos llegado a ella de manera sesgada? Por ejemplo, imagine que ha pasado por una ruptura reciente y desea olvidar a su ex. Decide hacer una lista mental de todos sus defectos de carácter, en un esfuerzo por sentirse mejor sobre que la relación haya llegado a su fin.

Un número de prominentes psicólogos sociales han sugerido que usted está sin suerte –saber que se está centrando únicamente en las peores cualidades de su ex le impide creerse la conclusión a la que ha llegado de que está mejor sin él o ella–. En esencia, argumentan que debemos permanecer ciegos a nuestros propios procesos mentales sesgados a fin de cosechar sus beneficios restauradores de ego. Y en muchos aspectos esto se hace eco de la postura que han tomado filósofos como Mele sobre la posibilidad de un agente de autoengaño.

El argumento tras la afirmación de los psicólogos tiene dos premisas. La primera es que las personas tienen que creer que se están percibiendo a sí mismas y al mundo de la forma en que realmente son –que los seres humanos necesitan mantener una “ilusión de objetividad”–. En segundo lugar, los psicólogos han afirmado que una vez que las personas se dan cuenta de que alguna influencia externa –incluyendo su propio deseo– ha influido en sus percepciones, van a tratar de corregir esa influencia para alinear su percepción “sesgada” con la realidad. La razón, como Balcetis y Dunning dicen, es que "si la gente ... supiera que cree en algún pensamiento agradable simplemente porque lo quiere creer, también sabría, al menos en parte,  cuán ilegítimo es ese pensamiento". Por lo tanto, en esencia, los psicólogos han argumentado que ser conscientes de nuestros propios procesos mentales motivados significa que vemos los resultados de esos procesos como impuros, y como resultado nos vemos obligados a concluir que no son ciertos.

Sin embargo, por intuitiva y atractiva que resulte esta afirmación, hay escasa evidencia empírica para apoyarla. En cambio, las investigaciones sugieren lo contrario –que las personas pueden y, de hecho, se benefician de sus propios procesos mentales sesgados incluso cuando son conscientes de ellos–. Lo que plantea la pregunta: ¿cómo puede la gente manejar esta hazaña? ¿Cómo puede uno realmente creer que está mejor sin su ex si al mismo tiempo es consciente de que esta creencia se formó recordando selectivamente solo sus peores cualidades?

En última instancia, no tengo ningún problema con la afirmación de que las personas necesitan mantener una "ilusión de objetividad", es decir, la creencia de que se ven a sí mismas y al mundo como realmente son. En su lugar, desafío la suposición de que ser consciente de que las percepciones de uno han sido influenciadas por un proceso mental sesgado está en desacuerdo con la creencia de que esas percepciones (los productos de nuestros procesos imparciales) son objetivamente ciertas. Fuera del contexto del ser, tenemos bastante práctica en distinguir entre la objetividad de un proceso mental y la verdad objetiva de un producto mental.

Imagínese a la madre de Michael Jordan, quien cree que su hijo es el mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos. No es difícil reconocer que tanto: a) la forma en que llegó a la conclusión está probablemente sesgada por su propio deseo de que sea verdadera y b) su sesgo al llegar a esa conclusión no tiene relación con su veracidad. Que su creencia sea objetivamente cierta es independiente de cuán objetivo (libre de sesgo) fuera su proceso de generación. Ahora imaginemos aplicar ese mismo proceso versus la distinción de producto a nosotros mismos. En un mundo en el que un proceso mental sesgado implica un producto mental contaminado y por lo tanto incorrecto, saber que solamente pensé en las peores cualidades de mi ex invalidaría mi conclusión de que estoy mejor sin él. Pero de igual modo que Jordan puede ser de hecho el mejor, aún cuando su madre solo lo crea debido a que él es su hijo, es posible que, de hecho, en realidad esté mucho mejor sin mi ex, incluso si solo lo creo debido a que generé una lista tendenciosa de sus defectos.

Pero ¿cómo podemos determinar si la conclusión a la que estábamos motivados a llegar es objetivamente cierta, si la objetividad del proceso mental que la generó no es ninguna guía? Kunda sugirió que la capacidad "de construir una justificación de [nuestra] conclusión deseada que persuada a un observador desapasionado" constituye un límite del razonamiento motivado. Yo argumentaría que el umbral real para llegar a la conclusión de que nuestros resultados mentales son verdaderos es mucho menor que eso.

El trabajo reciente del filósofo Elijah Millgram pone de relieve que, si bien históricamente la verdad ha sido definida como una construcción binaria, en realidad, gran parte del mundo se compone de “verdades parciales” no binarias –una posición apoyada por psicólogos que han puesto de relieve la naturaleza fundamentalmente ambigua de la realidad social–. Tomados en conjunto con investigaciones sobre la fuerza de realismo ingenuo y las normas diferenciales de evidencias que aplicamos a la hora de juzgar proposiciones agradables frente no agradables, usted obtiene una receta que nos permitirá creer casi cualquier cosa que queramos, ya sea conscientemente o no.

La próxima vez que escuche a alguien decir “Sé que tengo sesgos, pero...” etiquételo mentalmente como evidencia del hecho de que  simultáneamente podemos saber que tenemos sesgos y a la vez creer que tenemos razón. Y  debe estar agradecido de que seamos capaces de tal gimnasia mental, ya que nos permite utilizar nuestros procesos psicológicos inmunes con intencionalidad y conscientemente, sin dejar de cosechar sus muchos beneficios.

Referencias

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