Durante mi último semestre de la licenciatura, hice dos carteles que decían: “¿Se siente estresado por los exámenes? ¡Reciba un abrazo gratis!”

Entonces, recluté a un amigo y nos paramos en la puerta de la biblioteca del campus, sostuvimos los carteles y esperamos. Quienes pasaban por ahí tenían una de dos reacciones: o miraban rápidamente sus teléfonos y hacían algo torpe, o sus rostros se iluminaban al tiempo que nos abrazaban. La mayoría de la gente estaba entusiasmada. Algunos exclamaron “¡Usted me alegró el día!” o “Gracias. Necesitaba esto”. Uno saltó a mis brazos, y casi me hace caer. Después de dos horas de cálidas interacciones, mi amigo y yo no podíamos creer cuán energizados y felices nos sentíamos.

Un estudio publicado a principios de este mes sugiere que, además de hacernos sentir conectados con los demás, los abrazos puede que nos hayan ayudado a no enfermarnos. Al principio, este hallazgo probablemente parece contrario a la intuición (por no decir extraño). Se podría pensar, como lo hice yo, que abrazar a cientos de extraños aumentaría la exposición a los gérmenes y por lo tanto, la probabilidad de enfermarse. Pero la nueva investigación de Carnegie Mellon indica que sentirse conectado con los demás, especialmente a través del contacto físico, nos protege de la enfermedad inducida por el estrés. Esta investigación se suma a una gran cantidad de evidencia sobre la influencia positiva del apoyo social en la salud.

En términos generales, el apoyo social puede definirse como la percepción de relaciones significativas que sirven como recurso psicológico durante tiempos difíciles. Más específicamente, esto supone apoyo emocional, como expresiones de compasión, y puede incluir el acceso a la información u otro tipo de ayuda. Los investigadores midieron el apoyo social entregando un cuestionario en el que los participantes calificaron diferentes afirmaciones (por ejemplo: “Siento que no hay nadie con quien pueda compartir mis preocupaciones y temores más privados”).

Luego hicieron entrevistas cada noche durante dos semanas para saber con qué frecuencia los participantes experimentaron conflictos con los demás y con qué frecuencia recibieron abrazos. Finalmente, los investigadores infectaron a los participantes con un virus del resfriado común y observaron lo que ocurrió.

Así surgieron varios resultados interesantes. Como dato alentador, la gente en general tuvo un fuerte sentido de apoyo social, como mostró una alta puntuación promedio en el cuestionario. Del mismo modo, eran más propensos a ser abrazados (lo que pasó en promedio 68% de los días durante las dos semanas de entrevistas) que a experimentar conflictos (7% del día). Sin embargo, los resultados más importantes fueron lo que los investigadores consideran un “efecto amortiguador del estrés”. Hay que tener en cuenta que el conflicto interpersonal puede causar en la gente mucho estrés y con ello debilitar su sistema inmunológico.

No obstante, independientemente de la cantidad de conflictos que tuvieron que soportar, los participantes con un fuerte sentido de apoyo social desarrollaron síntomas de resfriado menos severos que aquellos que se sentían socialmente desfavorecidos. De la misma manera, cuanto más a menudo se abrazaba la gente, menos probable era que se enfermaran, incluso entre individuos que frecuentemente tenían interacciones tensas. En otras palabras, tanto el apoyo social como los abrazos prevenían contra la enfermedad. El mismo investigador principal ha demostrado previamente que cuanta más cantidad de lazos sociales tiene una persona —como amigos, familiares, compañeros de trabajo y la comunidad—, menos susceptible es a los resfriados.

Pero las relaciones afectan más que una nariz resfriada. Al final, la conexión social parece jugar un papel en la prevención contra la muerte. Por ejemplo, investigadores en Suecia encontraron que otra fuerte asociación entre la tensión laboral y el riesgo de muerte desapareció entre los hombres con alto apoyo social. De hecho, bajos niveles de apoyo social pueden aumentar el riesgo de muerte prematura más que los factores conocidos comúnmente, como fumar y tomar alcohol, según un artículo que revisó información de más de 300.000 personas en el mundo. No es una sorpresa, entonces, que la Organización Mundial de la Salud identifique a las redes sociales como una determinante primaria de salud.

Curiosamente, el apoyo social puede ser beneficioso tanto para quien lo da como para quien lo recibe. Investigadores en la UCLA escanearon los cerebros de los participantes mientras sus compañeros románticos recibían descargas eléctricas junto a ellos. Si los participantes tomaron la mano de su pareja durante el experimento se activaron las regiones del cerebro asociadas con la disminución del miedo. Este hallazgo indica que ofrecer apoyo social a través del contacto físico les permitió hacer frente a la experiencia estresante de mejor manera.

Por otro lado, la soledad y tener una pequeña red social corresponden con una menor respuesta de anticuerpos a la vacuna contra la influenza, en comparación con sentir un fuerte sentido de conexión social. Los pacientes socialmente aislados y con una enfermedad arterial coronaria tienen menores tasas de supervivencia que los pacientes conectados socialmente, incluso después de controlar la demografía, la severidad de la enfermedad y la angustia psicológica.

Una de cada tres personas está crónicamente sola y por lo tanto es doblemente propensa a decir que tienen mala salud. Esto es especialmente alarmante debido a que la cantidad de personas que no tienen alguien en quien confiar se triplicó entre 1985 y 2004, lo que pone a una gran parte de la población en riesgo de mala salud.

Evidentemente, al igual que priorizamos el ejercicio y la nutrición, debemos priorizar el tiempo de calidad con los seres queridos; igual que evitamos los hábitos poco saludables como fumar, debemos hacer el esfuerzo por evitar el aislamiento y contrarrestar la exclusión social. E incluso si usted no quiere abrazar a cientos de extraños (aunque recomiendo probarlo), no subestime el poder curativo del contacto.

 

Sobre la autora. Kasley Killam es investigadora de postgrado visitante en la Escuela de Medicina de Harvard y asistente de investigación en el Departamento de Psicología de la Universidad de Harvard. Siga a Kasley en Twitter @KasleyKillam.