Hace más de un siglo, Roald Amundsen y los seis hombres de su tripulación navegaron por primera vez a través del gélido paso del Noroeste. Este verano boreal, varios barcos mucho mayores que el de Amundsen volverán a recorrer esa ruta, aunque no por amor a la aventura. Su objetivo consistirá en comenzar a tender un cable submarino de fibra óptica que conecte Asia y Europa por el círculo polar ártico: hasta la fecha, el camino más corto posible para las señales de Internet que van de un continente a otro.

Por ahora, la mayor parte de los cables submarinos que conforman la espina dorsal de la World Wide Web conectan EE.UU. con Europa y Asia a través del Atlántico y el Pacífico. Sin embargo, el cambio climático y la pérdida acelerada de banquisa ártica durante los meses de verano han hecho factibles las rutas del norte. "Hoy es más viable que nunca [para las compañías] proponer estas rutas innovadoras", asegura Nicole Starosielski, investigadora de la Universidad de Nueva York experta en medios, cultura y comunicaciones y autora del libro The undersea network ("La red submarina"), publicado en 2015.

Quintillion Networks, una compañía radicada en Anchorage, en Alaska, espera que su cable ofrezca por primera vez conexión de alta velocidad a localidades remotas de Alaska y Canadá. El cable, que debería reducir el retardo que experimentan las comunicaciones entre Londres y Tokio, podría también resultar ventajoso para los agentes bursátiles, interesados en que sus transacciones de pocos milisegundos de duración sufran la menor demora posible.

Muchas naciones verían con buenos ojos unas rutas de cable menos centradas en EE.UU. y la existencia de líneas de seguridad adicionales, ya que eso evitaría la vigilancia estadounidense y los fallos en la conexión. Consideraciones políticas y económicas semejantes han avivado el interés de varios países por financiar nuevos proyectos de cableado posiblemente más costosos. Con todo, solo el tiempo dirá si la ruta del Ártico y otros tramos submarinos reportarán beneficios a largo plazo.

La versión en español de este artículo se publicó primero en Investigación y Ciencia.