Hay insectos, como las mariposas monarca o algunas libélulasque recorren miles de kilómetros en sus migraciones anuales. Otros, como los coríxidos o “barqueros”, que usan sus patas traseras como remos para propulsarse a alta velocidad debajo de las aguas. Otros, como las abejas, que pueden visitar 2.000 flores en un solo día. Y está la broca, barrenador o gorgojo del café: un diminuto coleóptero que transcurre casi toda su existencia resguardado en la oscura caverna del fruto del cafeto, y que puede transformarse en una verdadera pesadilla para 20 millones de familias que viven de la producción del grano.

Ahora, un grupo de científicos está impulsando ingeniosas estrategias innovadoras para combatir esa peste, incluyendo el uso combinado de sustancias atrayentes y repelentes.
 
“En todo el mundo, se siguen usando métodos de control contra la broca que a menudo son una pérdida de tiempo”, protesta el doctor Fernando Vega, entomólogo nacido en Puerto Rico que investiga en el Laboratorio de Cultivos Perennes Sustentables del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA), en Maryland. “Se necesita investigar nuevos enfoques que sean accesibles para los productores”, añade la doctora Yaowaluk Chanbang, del Departamento de Entomología y Patología Vegetal de la Universidad de Chiang Mai, en Tailandia.
 
En un artículo reciente que publicó junto a colegas de México en la revista Brazilian Journal of Biology, Vega recordó que la broca del café (Hypothenemus hampei) es endémica de África Central y se introdujo accidentalmente en las Américas hacia 1913, cuando un cargamento de semillas de café de la República Democrática del Congo llegó al Estado de Sao Paulo, en Brasil.

Desde entonces, la plaga se esparció por el continente y el resto del mundo como si fuera una mancha de aceite, alcanzando a prácticamente los 80 países que cultivan café. Por ejemplo, se detectó por primera vez en Sri Lanka en 1935; en Perú, en 1962; en Etiopía, en 1967; en Guatemala, en 1971; en México, en 1978; en Fiji, en 1979; en Colombia y Nicaragua, en 1988; en India, en 1990; en Venezuela, en 1995; en Costa Rica, en 2000; en Vietnam, en 2007; en Hawái, en 2010, y en Martinica, en 2012. “Y en los pocos países que están libres, como China o Nepal, no hay que descartar que se deba a una falta de reporte”, desliza Vega. En todos los casos, afecta la calidad de los granos y ocasiona perjuicios económicos globales que, calculan los expertos, exceden los $500 millones anuales.
 

Ejemplar adulto de la broca del café. Los insectos ponen huevos dentro del fruto de café y nacen 10 larvas hembras por cada macho, que luego fecunda a sus hermanas. En su ciclo de vida, el macho nunca abandona la oscuridad del fruto. Foto cortesía de Francisco Infante


 
Uno de los obstáculos para hacer frente a la broca del café es su singular ciclo de vida: es un escolítido o escarabajo de corteza, de apenas dos milímetros de longitud, particularmente adaptado a vivir dentro del fruto, cereza o drupa del cafeto. Allí nace, crece, se reproduce y muere, alimentándose de los granos. “Cuando una plaga tiene la protección del fruto, como este caso, resulta más difícil de combatir”, explica a Scientific American Francisco Infante, ingeniero agrónomo y doctor en entomología aplicada, quien trabaja en el grupo Ecología de Artrópodos y Manejo de Plagas de El Colegio de la Frontera Sur (ECOSUR), en Tapachula, México.
 
Hasta ahora, los métodos de control han mostrado en la práctica ser ineficientes o riesgosos, coinciden Vega e Infante. Una de las estrategias utilizadas desde los años 20, el control biológico con parasitoides u hongos que atacan el insecto, tiene efectos mínimos porque a los productores les resulta muy difícil implementarlo en sus plantaciones. Los insecticidas químicos son tóxicos y poco eficaces cuando el coleóptero ya está adentro del fruto. Y las trampas con mezclas de etanol y metanol, que se utilizan para atraer y capturar a la broca, obtienen resultados extremadamente limitados. “Por ejemplo, si en el campo hay un millón de insectos, las trampas solamente colectan un porcentaje muy pequeño de la población total”, enfatiza Vega.
 
Pero la situación podría cambiar de manera radical en los próximos años. Los científicos empiezan a ensayar métodos innovadores que, según Vega e Infante, jamás han sido explorados y podrían ser “revolucionarios”.

Nuevas estrategias.
Uno de los métodos consiste en la utilización de atrayentes específicos para la broca que podrían engañarla en el momento crítico de la infestación de plantaciones: cuando la hembra del insecto toma la decisión de abandonar un fruto, remanente de la cosecha anterior, y se dirige para introducirse en otro de la nueva floración para poner sus huevos (los machos, en cambio, son prácticamente ciegos y transcurren toda su vida en la oscuridad eterna del mismo fruto).

Esa “excursión” audaz de pocas horas es el talón de Aquiles del ciclo biológico de la broca: su momento de mayor vulnerabilidad. “Es nuestra ventana de oportunidad”, sintetiza Infante. La idea de los científicos sería interferir con ese salto, utilizando trampas con ciertos compuestos volátiles que emanan del fruto maduro del cafeto y que atraen a la broca. Así, podrían desviarla de su objetivo e interrumpir la cadena de propagación de la especie.
 
Otra alternativa podría ser el uso de compuestos repelentes, en particular, aquellos que se desprenden desde un fruto cuando ya está ocupado y les “avisa” a las brocas que elijan otro. “Es como si la señal advirtiera: no te metas aquí”, resume Vega, quien, junto a un equipo de colaboradores, aisló una sustancia volátil, un sesquiterpeno, que parece disuadir a las hembras de perforar el fruto e introducirse en él.  En estudios preliminares de laboratorio, ese repelente redujo hasta un 80 por ciento la entrada de la broca a ciertas trampas. “Si logramos algo similar en el campo, sería increíble”, se entusiasma Vega.
 
Los científicos creen que, para potenciar el efecto contra la plaga, se podrían combinar sustancias repelentes (colgadas de las ramas de los cafetos) y trampas con atrayentes, que permitirían capturar a las brocas “desorientadas”. “Para comienzos de 2016, vamos a empezar los primeros ensayos de campo con este enfoque”, anticipa Infante. “Y en cuatro o cinco años podríamos tener resultados firmes”.
 
Según la doctora Juliana Jaramillo, quien transcurrió parte de su infancia en finca cafeteras de Colombia e investigó a la broca del café en la Universidad de Hannover, Alemania, y en el Centro Internacional de Fisiología y Ecología de Insectos (ICIPE), de Kenia, ese abordaje combinado parece ser uno de los más promisorios. “Podría ser de relativo bajo costo, fácil de implementar y, lo más importante, prevendría el daño inicial, lo cual es crucial dado el bajo nivel de daño económico que tiene la plaga (una reducida población de insectos alcanza para empezar a ocasionar perjuicios a los productores)”, dijo Jaramillo, quien hoy trabaja para los laboratorios de Bayer CropScience, en Monheim am Rhein, Alemania.
 
“No es que vayamos a erradicar la broca, pero el objetivo es bajar su población debajo del umbral de daño económico”, sostiene Vega, quien, junto a Infante, plantea una línea adicional de investigación en la que sería importante avanzar: el ataque contra la flora microbiana del coleóptero que le permite tolerar la cafeína, un alcaloide tóxico para otros insectos. No le quieren dar respiro.  
 
El personaje de una novela de Henning Mankell reflexionó que “ningún trabajo sería posible sin café”. Y la mayor parte de los investigadores que se desvelan estudiando la ecología y el control de la broca piensan en los millones de productores afectados, pero también en sus propios gustos. “Me encanta el café”, afirma Infante. “El de las mañanas no puede faltar, si no, no funciono. Bebo medio litro… y por la tarde, otra taza”. Un diminuto escarabajo, confían los científicos, no puede a echar a perder esos placeres. 
 

Un cafeto sano, sus frutos no han sido brocado aún. Foto cortesía de Francisco Infante