Mientras que las Panteras de Carolina y los Broncos de Denver se enfrentaban en el tercer cuarto del reciente Super Bowl, el receptor abierto Philly Brown sufrió una posible conmoción cerebral y, para desilusión de los fanáticos de las Panteras, no volvió al juego. Pero fue por una buena razón: ahora se sabe que estos traumatismos son lesiones mucho más serias de lo que se creía. Y el peligro puede no estar limitado a las repercusiones inmediatas. Los investigadores ya han vinculado el suicidio con lesiones cerebrales más severas — en particular en veteranos militares y atletas profesionales— y más recientemente han explorado la conexión entre conmociones cerebrales y depresión.

Ahora, un nuevo estudio publicado en el Canadian Medical Association Journal muestra que aún las conmociones leves ocurridas en situaciones cotidianas podrían serían más perjudiciales de lo que se pensaba; el riesgo de suicidio a largo plazo se triplica en adultos que han experimentado incluso una conmoción cerebral. Este riesgo aumenta un tercio si el golpe ocurre un fin de semana en vez de un día de semana —lo que sugiere que los traumatismos en situaciones recreativas son más riesgosos a largo plazo que aquellos ocurridos en el trabajo. “El paciente típico que veo es un adulto de mediana edad, que no es un atleta de elite”, dice Donald Redelmeier, científico de la Universidad de Toronto y uno de los autores principales del estudio. “Y las circunstancias habituales par sufrir una conmoción cerebral no son durante un partido de fútbol; ocurren al conducir y tener un accidente de tráfico, al trastabillar y caerse en una escalera, o intentando reparar algo complicado en la casa, esto es, en actividades de la vida cotidiana”.

Redelmeier y su equipo quisieron examinar los riesgos de conmociones cerebrales ocurridas bajo esas circunstancias. Identificaron casi un cuarto de millón de adultos en Ontario que fueron diagnosticados con un traumatismo leve en un período de 20 años —casos severos que resultaron en una internación hospitalaria fueron excluidos del estudio— y los siguieron hasta una posterior muerte por suicidio. Resultó que entre esos pacientes hubo más de 660 suicidios, lo que equivale a 31 muertes cada 100.000 pacientes anualmente: tres veces lo registrado en la población general. En promedio, los suicidios ocurrieron casi seis años después del traumatismo. Hallaron también que el riesgo fue independiente de las características demográficas o condiciones psiquiátricas previas, y aumentó con conmociones cerebrales adicionales.

Para los traumatismos ocurridos durante un fin de semana, el riesgo de suicidio posterior fue cuatro veces mayor a lo habitual. Redelmeier y sus colegas se preguntaron si el riesgo sería diferente entre conmociones cerebrales ocurridas en el trabajo o en actividades recreativas. Sin embargo, como no tenían información sobre dónde los pacientes sufrieron el traumatismo decidieron usar el día de la semana en que ocurrió, como modo de aproximarse. Aunque no saben por qué el riesgo durante los fines de semana es más alto, sospechan que puede ser porque en esos días el personal médico no está tan disponible o accesible, o la gente no busca atención de inmediato.

Pese a que las causas subyacentes de la conexión entre conmoción y suicidio aún no se conocen, Redelmeier dice que hubo al menos tres posibles explicaciones. Un traumatismo puede ser un marcador pero no necesariamente un mecanismo de problemas posteriores, o en otras palabras, las personas que sufren estos golpes ya podrían tener, originalmente, un desequilibrio que aumenta su riesgo de depresión y suicidio. “Pero también observamos al subgrupo de pacientes que no tenía una historia psiquiátrica pasada, ni problemas anteriores, y aún así encontramos un aumento significativo en el riesgo. Por lo que no creo que eso sea todo”, detalla el experto. Una de las explicaciones más plausibles, dice, es que el traumatismo cause una lesión cerebral, como una inflamación (como se halló en algunos estudios), de la cual los pacientes nunca se recuperan totalmente. De hecho, un estudio realizado en 2014 encontró que la repetición de una lesión en la cabeza lleva a un mayor riesgo de enfermedades mentales más adelante en la vida. La otra posibilidad es que algunos pacientes no se tomen el tiempo suficiente para recuperarse antes de volver a la rutina diaria, lo que conduce a tensión, frustración y decepción— y, en definitiva, puede resultar en depresión y, por último, incluso suicidio.

Lea Alhilali, médica e investigadora del Instituto Neurológico Barrow, que no participó en este estudio, usa imágenes con tensor de difusión (una técnica de resonancia magnética) para medir la integridad de la sustancia blanca en el cerebro. Su equipo halló similitudes entre los patrones de degeneración de la sustancia blanca en pacientes con depresión vinculada con traumatismos y pacientes que no tenían lesiones con un desorden depresivo importante, particularmente en el núcleo accumbens, o el “centro de recompensas” del cerebro. “Puede ser difícil determinar qué está relacionado con una lesión y qué se vincula con las circunstancias que rodean a la conmoción cerebral, dice Alhilali. “Podría ser trastorno de estrés postraumático (PTSD), la pérdida de un trabajo, lesiones ortopédicas que puedan influir en la depresión. Pero yo creo que probablemente hay una lesión cerebral orgánica”.

Alhilali hace referencia a estudios recientes sobre encefalopatías traumáticas crónicas (ETC), una enfermedad cerebral degenerativa y gradual asociada con golpes en la cabeza a repetición. A menudo vinculada a la demencia, la depresión, la pérdida del control y el suicidio, la ETC fue diagnosticada recientemente en 87 de 91 jugadores de la NFL fallecidos. ¿Por qué, dice Alhilali, no sospecharíamos de que las conmociones cerebrales también causen otros daños en el cerebro?

Puede que este nuevo estudio solo represente la punta del iceberg. “Solo estamos mirando las consecuencias más extremas, que es quitarse la propia vida”, dice Redelmeier. “Pero por cada persona que se suicida, hay muchas otras que lo intentan, y cientos que piensan en hacerlo y miles que sufren depresión”.

Es necesario hacer más investigaciones; este estudio no logró tomar en cuenta las circunstancias exactas bajo las cuales ocurrió el traumatismo. La investigación de Redelmeier analizó solo los registros de adultos que buscaron atención médica, ni incluyó lesiones de cabeza más severas que necesitaron hospitalización o una mayor atención de emergencia. En ese sentido, sus resultados pueden haber subestimado la magnitud de los riesgos absolutos en cuestión.

Aún muchas personas no son concientes de estos riesgos.

Redelmeier es categórico en cuanto a que la gente debería tomar conciencia seriamente. “Necesitamos hacer más investigación sobre la prevención y la recuperación”, señala. “Pero déjeme expresar al menos tres cosas: Una, permítase descansar. Dos, cuando empiece a sentirse mejor, no intente volver con vehemencia. Y tres, incluso después de que se sienta bien, y de que haya descansado adecuadamente, no se olvide completamente del tema. Si tuvo una reacción alérgica a la penicilina hace 15 años, seguro se lo diría a su doctor y lo tendría presente en su historial médico. Entonces, hágalo también si tuvo una conmoción cerebral hace 15 años”.